domingo, 23 de diciembre de 2012

El tren blindado, de Mihai Beniuc

"El Tren blindado" es una pequeña obra del escritor comunista rumano Mihail Beniuc, incluida en la  Antología de la prosa rumana coordinada y traducida por el guatelmalteco Miguel Angel Asturias .

En ella, Beniuc nos cuenta la historia de unos chavales campesinos, cada uno con su diferente situación social, en una parte fronteriza de la actual Rumania, donde han cohabitado durante generaciones enteras diferentes nacionalidades, especialmente hungaros y rumanos.

Los protagonistas entran en contacto en noviembre de 1918 con soldados del ejercito rojo destinados en el tren blindado que en plena Guerra Civil Rusa, aprovechada como prolongación de la Primera Guerra Mundial por los ejercitos aliados para atacar Rusia, tras la firma del Tratado de Brest-Litovsk. Los chicos asistiran al enfrentamiento de tropas francesas y rumanas al servicio del rey y de la burguesia contra el tren blindado del Ejercito Rojo.

La experiencia y las enseñanzas de estos soldados harán que la visión del mundo de los niños cambie, y que muchos años después, cuando esos niños ya son adultos, estos sepan  elegir la razón por la cual  luchar, evitando ser manejados por los intereses de los  terratenientes y aristocratas, y comprendiendo que independientemente de la etnia o la nacionalidad, solo los trabajadores pueden defenderse a sí mismos y luchar por su liberación y por un mundo en el que ningún hombre viva a costa de explotar a otro hombre.

Así, a la vez que asisten a la victoria rumano-francesa contra el ejercito rojo en retirada en 1918, aquella  experiencia les marcará para formar parte de los batallones rumanos formados dentre de ese mismo Ejercito Rojo en 1944, para liberar no solo a los rumanos subyugados por las tropas nazis, sino a todos los trabajadores y campesinos, a todos los explotados, sea cual fuera su nacionalidad .

Mihai Beniuc fue uno de los mas importantes intelectuales comprometidos con la Rumania Socialista, siendo militante y activista desde los tiempos de la clandestinidad. En uno de sus poemas, Estrella Roja, traducido por este blog, dice algo que hoy los rumanos han olvidado, pero que conforme va pasando el tiempo, y ya han sufrido dos decadas de cruel capitalismo tra el golpe de estado fascista de diciembre de 1989,  las circunstancias les harán sin duda recordarlo con cada vez mayor claridad: 

"La libertad es una estrella roja
y el hombre la observa, soñador,
a traves de su telescopio".


Os dejo con "El Tren blindado", un cuento seleccionado y traducido por el Premio Nobel de Literatura, el guatemalteco  Miguel Angel Asturias, entre los mejores muestras de la literatura de la Republica Popular Rumana, que tanto encantaron a escritores de tremenda calidad literaria y de enorme sensibilidad social y politica como él mismo u otros maestros de la pluma y de la palabra militante como Pablo Neruda, Rafael Alberti u Omar Lara.
 
EL TREN BLINDADO

—¡Tío Novac! ¡Tío Novac! Un "blindado" llegó a Savirsin hoy a las seis... Todo recubierto de acero. No se le ve nada, salvo los agujeros por donde salen los fusiles, las ametralladoras y los cañones. Los soldados entran por debajo y pertenecen todos a la guardia roja.
—¿Y qué hacías tú en la estación?
—Los chicos nos fuimos todos para allá. Oímos decir que mañana vendrán los aviones.
Les han dejado ya un lugar sobre el pasto, en el prado que está del lado de Teuz.
—Ya tenemos con qué alegrarnos...
—Ahora sí que van a liquidar a todas las demás guardias. A la negra, a la amarilla, y sobre todo a la blanca. Eso han dicho...
—No sé cómo sabes tú todas esas cosas...
—¿Y tú, tío, por qué no te inscribes en alguna guardia?
—Si te crees que volví sano y salvo de la guerra para eso.
—Pero hay muchos que se inscriben...
—Ya sé, pero yo no seré de esos...
—Ay, si yo tuviera dieciocho años, o al menos deciséis, me hubiera inscrito en la guardia roja...
—Ya lo creo, como que veo que has cosido un botón recubierto de tela roja sobre el gorro que te di. ¿Eres un bolchevique, o qué?
—Yo estoy del lado de la revolución...
—Sería mejor que te pusieras del lado de tu horquilla, y que te fueras al establo con ella, y que tomaras los baldes para ir a buscar agua al río. Harías mejor en ocuparte de eso, Avram, en vez de estarte ocupando de política. Deja esas cosas para los otros que son más instruidos que nosotros. Lo único que yo pido es que me dejen tranquilo. No quiero mezclarme en estas cosas, aunque me ofrecieran el oro y el moro.
El que hablaba con Avram era el tío Novac y esto sucedía durante una triste noche de noviembre del año 1918, a la luz vacilante de una lámpara de petróleo que empezaba a apagarse, junto a una marmita en que hervía una sopa de papas humeante preparada por la tía Virvoara.
Tren blindado en un museo ucraniano
Después que los soldados llegaron del frente, y sobre todo después que el ejército rojo con su comando y su tren blindado se instalaron en la aldea, Avram y Marcus habían perdido completamente la cabeza. No hacían trabajo alguno en la casa. Se olvidaban de llevar a pastar a la vaca, de recoger por la noche los gansos que estaban en el valle, de limpiar el chiquero, de barrer el sábado por la noche el aden, y de ir a buscar agua al río con los baldes y los cántaros.
Estos trabajos le incumbían a Avram, en cuanto a los Braunfeld no tenían tales problemas. La madre de Marcus no poseía ni vaca, ni cerdo, ni gansos. En toda su vida no habían comido ganso más que una vez. En vida de Braunfeld. Una vez que éste ganó algún dinero colocando tejas en la iglesia ortodoxa de rito griego. Pero, en cambio, los Protap no eran tan totalmente desposeídos.
—¡Lleva a Marcus contigo y vete a recoger los gansos!, ¡el diablo los junta a ustedes!
Acompáñale Marcus, y cuando vuelvan les daré a los dos un pedazo de grasa con pan.
No esperaban más que eso. Eran famosos los costrones de pan sobre los cuales se extendía grasa salada y un poco de pimienta. Sobre todo cuando se había corrido todo el día junto al río, o en el bosque, o como ahora, cuando se había perdido el tiempo dando vueltas alrededor del tren blindado, que no partió a la batalla, como sucedía a menudo, a lo largo de la vía férrea, en dirección de las montañas, para regresar solamente a proveerse de municiones y reemplazar los hombres caídos en los ataques.
Cuando el tren blindado se encontraba en la estación, Avram y Marcus pasaban allí todo el tiempo, ayudando sobre todo al cocinero, si había que pelar papas. Éste los consideraba sus ayudantes, y los nombraba, mitad en serio, mitad en broma, el "Camarada Avram" y el "Camarada Marcus". Y ellos le daban mucha importancia a esta manera de llamarlos.
Pero sabían hacer otras cosas además de pelar papas: manejaban correctamente un fusil Mannlicher, conocían la ametralladora Schwartzlose. Y aun el cañón 7,5. En cuanto a las granadas de mano, las hubieran podido lanzar en cualquier momento, si se les hubiera permitido hacerlo. Pero nadie se lo permitía. A lo sumo podían tirar de tanto en tanto un disparo de fusil en el aire, u observar por las mirillas. A veces sucedía que el teniente Angyal y aun el jefe del tren, Sabau, los mandaba de vuelta a su casa.
—Vamos, muchachos, regresen a sus casas. No es lugar para ustedes éste. Hay que esperar que les crezcan los bigotes.
—¿Por qué no nos deja entrar en la guardia roja?, preguntó un día Marcus al teniente.
—Si ustedes tuvieran una amiguita estaría de acuerdo. Un soldado sin amiguita, eso no se ha visto nunca.
—¿Por qué?, preguntó Avram, que hacía la corte a una chica de la escuela, pero que no sabía si el teniente, "el camarada teniente", como lo llamaba, no se estaba burlando de él.
—Eso es absolutamente necesario, si no, ¿quién iba a llorarte si cayeras en el frente de batalla?
—Yo sí, tengo novia, dijo Marcus inflando el pecho orgullosamente. Pensaba en la hija del guarda forestal, Olga, al lado de la cual quiso colocarse un día que los muchachos bailaban la ronda en el patio de la escuela, pero ella lo miró con cara hosca y le dijo: "Vete de aquí, estás muy sucio..."
¿Sabrá ella preparar la paprica?, preguntó el oficial por divertirse.
—¿Y de qué le iba a servir eso?, contestó Avram a su vez. Hay bastante gulach en la marmita del cocinero.
—A veces hay, ¿pero los días en que no hay?
—Se comen bizcochos...
—Y también se dispara sobre el enemigo, agregó Marcus, para indicar que él también podía ser útil, no sólo comiendo bizcochos y gulach cuando lo hay.
—¡Bravo, muchacho!, un día haremos de ustedes dos buenos soldados. Sabau, dales unos bizcochos. Tal vez un día de estos los vamos a aceptar en la guardia roja, pero déjenme pensarlo más.
Según la idea que Marcus se hacía del enemigo, éste debía ser negro, hablar una lengua incomprensible y comerse a los niños.
En el tren blindado, entre los simples soldados, había hombres jóvenes que tomaban en serio a los muchachos.  Les explicaban el manejo de las armas, y hasta les contaban algo de política. Así, el marinero Zoltan Killik, el mecánico de la locomotora del tren blindado, que antes había sido mecánico de un barco del Adriático, y el artillero Culaie Ursar, hombre joven de piel oscura, grande como un oso, hermoso y fuerte, originario de Pecica. Entre sus amigos, los muchachos contaban también a Todor Matiut, el granadero, hijo de un jornalero que trabajaba en la cantera de piedra de su aldea, y Iochka Bas, el fogonero. Matiut les enseñó a lanzar granadas de mano, pero no de las verdaderas, granadas sin disparador, y Bas les explicó por qué había sido muerto el zar de Rusia, y cómo Lenin había hecho la revolución. Porque Iochka Bas tenía alguna instrucción, había frecuentado gimnasio durante cuatro años.
Un marinero explicó a los muchachos por qué ningún hijo de familia rica, ni rumano, ni húngaro, ni de ninguna otra nacionalidad, no se inscribía en la guardia roja, y por qué "los señores", ya fueran húngaros o rumanos, habían abandonado la ciudad y por qué había que repartir las tierras de los barones y de los condes. Eso no interesaba, por otra parte, a nadie más que a Avram, quien deseaba fervientemente que su tío Novac poseyera más tierra de la que tenía.
Pero el que les demostraba más amistad era Culaie Ursar. Fue él en cierto modo quien les descubrió durante una batalla entre alumnos en la calle de la aldea, donde se entremezclaban, como en las clases, húngaros y rumanos. Los gorros y los cascos militares de sus padres, que los hijos llevaban ahora, rodaron en el polvo de la calle. Uno agarraba al otro por los cabellos y éste a su vez lo tiraba de las orejas y lo sacudía con rabia. Dos muchachos rodaban por tierra, llevando alternativamente las de ganar o perder, y se escupían a la cara. Otros se lanzaban puñetazos y patadas, furiosos. Era ciertamente una batalla en regla, acompañada de
alaridos, gritos, llantos, insultos y se levantaba tanta polvareda alrededor de los beligerantes, que casi no se les veía.
Culaie Ursar deambula en la calle, sin rumbo preciso, orgulloso de sus pantalones negros y de sus polainas de cuero amarillo, con la casaca austríaca, Fedgrau, bien apretada con el cinturón; sólo estaba armado con un revólver, que se veía en su cintura sobre la cadera derecha, y con un puñal Sturmmesser a la izquierda. Su quepis estaba adornado con un geranio, al costado, además de la escarapela, igualmente roja, que llevaba asegurada en el frente. Era un día tibio y agradable de primavera y Culaie fumaba plácidamente un grueso
cigarro.
Sonrió contemplando la pelea de los muchachos y se detuvo. Su primer pensamiento fue dejarlos pelear, y contemplar el espectáculo, pero como uno u otro llorara, apoyando la mano sobre un ojo empavonado o sobre una boca sangrando, y que más de uno se tanteaba las costillas en el lugar en que lo había golpeado el zapato de su adversario, o los chichones de la cabeza, Culaie se decidió a intervenir...
—¡Vamos, banda de ganapanes! ¿Qué sucede? ¡Párense o les hago fuego!
Asustados, los muchachos trataron de escapar cada uno por su lado, pero viendo que él había sacado su revólver se detuvieron como petrificados.
—No se escapen, puede disparar..., se decían unos a otros.
—Los voy a matar a todos y nuestro cocinero los va a echar en su gulach. Trataba de aparentar que estaba furioso, lo que no era difícil con su voz de trueno y sus ojos negros, que parecían echar chispas. Pero en seguida guardó el revólver en la cartuchera, gesto que tuvo el don de tranquilizar a los muchachos.
—¿Qué es todo este escándalo?, les preguntó con una voz más suave. ¿Es esto lo que les enseñan en la escuela?
—No, respondieron algunos tímidamente.
—Entonces de qué se trata. Quiero saberlo...
Marcus, que tenía más valor que los otros, se acercó con la cabeza alta y comenzó a dar explicaciones, mientras Avram se aproximaba a Marcus, pero con los ojos bajos. De pronto, los muchachos se pusieron a hablar todos al mismo tiempo, que los rumanos, que los húngaros, que quiénes eran los más fuertes del mundo...
Culaie Ursar no tuvo paciencia de escuchar todas las tonterías que decían.
—Silencio todos..., ordenó, y después, dirigiéndose a Avram: tú, ¿dónde está tu padre?
—No ha vuelto de América, trabaja en una fábrica de automóviles.
—¿Cuánta tierra tienen?
—Tres arpantes...
—¿Y cuántas personas son en tu casa?
—Cinco...
—Malo. Muy poca tierra. Y tú, pelirrojo, ¿qué es tu padre?
—Muerto...
—¿Y qué era cuando vivía?
—Hojalatero…
—¿Cuántos son en tu casa?
—Ocho, con mamá, nueve...
—¿Y por quién tomaban partido?, dijo dirigiéndose a los dos amigos, mientras que los otros muchachos, a quienes la conversación ya no les interesó, se alejaron por las calles de la aldea.—
Por nadie, dijo Avram.
—Por los pobres, dijo Marcus.
—¿Contra quién peleaban ustedes hace un rato?
—Contra todos...
—Vengan por aquí, muchachos, dijo él amistosamente: escúchenme bien, esto es lo que deben saber ustedes: es preciso que los llamados señores no sigan mandando y que los pobres no sean explotados... a todos según la justicia, y según su trabajo. ¿Comprendido?
—Comprendido, dijeron los que no se habían alejado.
—Cada uno de ustedes debe repetir esto en sus casas... ¿de acuerdo?
—De acuerdo...
—Bueno, pueden irse... Ustedes dos, ¿cómo dijeron que se llamaban?
—Avram Protap...
—Marcus Braunfeld...
—¿Han comido algo hoy, ustedes?
Los chicos callaron.
—Vengan conmigo.
Culaie tomó a los muchachos por la mano y atravesaron así toda la aldea, siguiendo la gran ruta hasta la estación.
El hombre caminaba orgullosamente, como si los dos muchachos fueran sus hijos.
Cuando llegaron a la estación, los condujo a la cocina y murmuró algunas palabras al oído del cocinero.
Éste desapareció y regresó en seguida trayendo dos escudillas que llenó de gulach con carne de cordero y papas, que sacó de una gran cacerola. Cortó en dos un pan, instaló a los dos muchachos en la punta de la mesa sobre la cual estaba trabajando, y les acercó un banco.
—Vamos, muchachos, siéntense aquí y coman algo. Sin cumplimiento, coman como soldados.
—Vamos, coman, dijo Culaie a su vez, con la voz amistosa.
Les acariciaba los cabellos, y los veía removerse en el banco, tomar tímidamente las cucharas, y luego comer como hambrientos y morder los pedazos de pan negro, bastante duros y agrios. Después de los primeros bocados, empezaron a tragar con gran apetito el gulach, bien grasoso y aromático, preparado con cebolla y pimiento rojo.
El frente parecía acercarse, a juzgar por la concentración de tropas en la aldea, por los batallones y compañías que partían, y por algunas unidades diezmadas que se retiraban, pero no se sabía mucho de lo que de cierto hubiera, sólo un va y viene incesante. La situación cambió de pronto. En uno solo día. En algunas horas.
—Vete hasta Vapirini, querido, dijo la tía Virvoara a Avram, busca al tío Novac, que está escondido del lado de Guravaii y dile que no regrese hoy a la casa, porque los soldados están recogiendo caballos. Toma esta bolsa de provisiones y llévale, y le dirás que no están muy
tranquilas las cosas por aquí, que están buscando armas en todas partes, y que el cañón se oye muy cerca. ¿Oyes los cañonazos?
—Cómo no oírlos, dijo Avram, pero Marcus vendrá conmigo.
—Ya lo creo, puede acompañarte. Así no tendrás miedo en el camino. Esperen que les dé unas tartinas de grasa y algunas nueces.
Ella no debió hacer eso, porque era Viernes Santo y gran cuaresma. "Dios me perdone por esta vez...", se dijo la tía Virvoara.
—No queremos que Salomón venga con nosotros.
—Sí, yo voy...
—¡Tú te vas a ir al diablo!, le gritó su madre. ¡Ya te voy a arreglar yo!...
—Dame una moneda... para comprarme un poco de azúcar y entonces no voy...
—Sí, te la voy a comprar, dijo la madre con una voz más suave, al ver que se dejaba convencer.
—¿Seguro que me comprarás?
—Ya lo creo que te compraré. Y ustedes dos en marcha...
Marcus y Avram se pusieron alegremente en camino. Corrieron buena parte de la ruta para llegar más pronto. Cuando se iban acercando, disminuyeron el paso, porque la hierba era muy alta. Además debieron pasar por Valea Starpa, donde las aguas del río y de los arroyos habían desbordado con las grandes lluvias caídas en las montañas. Penetraron en los juncales,entre las espadañas y los helechos, y desde allí entre los bosques de sauces retorcidos y deshojados, de álamos tan altos como el campanario de la iglesia, de manzanos salvajes, de moreras, de ciruelos, de viburnos, de trepadoras casi todas sin follaje, hundiéndose en los pozos y en las zanjas, de donde era difícil salir. Les costó mucho encontrar al tío Novac, junto a un fuego de ramitas, sobre el cual había colocado un viejo tronco de olmo que las grandes aguas sacaron del fondo del río y que sin duda había estado enterrado por centenares y tal vez millares de años. El viejo tronco estaba seco y ardía bien. Al lado del tío, la carreta con el capote militar colgado de un adral, y un bolsón pendiente de un gancho. Allí, el tío Novac guardaba su pan, una botella de aceite de cabalaza, dos o tres cebollas, y la sal anudada en un trapo.
—Te traemos algo de comer, dijo Avram, porque no debes volver a casa. Están recogiendo los caballos, y además, ¿oyes cómo tira la artillería de montaña?
—Vamos... vamos... esa es artillería de campaña, con municiones de 7 y medio y 15 centímetros. Ya pueden tirar. Tiran hacia las montañas, en el valle del Cris. De allí va a venir el desastre...
—Y los caballos ¿dónde están?
—Aquí, en una hondonada. Ni Dios los encontraría si los buscara. Y ustedes traten de no asustarse cuando empiece el baile de verdad.
—¿Qué baile?, preguntó Avram.
—Ya verán cuando los franceses lleguen...
—Los nuestros van a ser más fuertes...
—Vamos, Marcus, no te alabes de ser bolchevique...
—Y ahora váyanse... deslícense a lo largo del valle... Tú Avram conoces el camino...
vayan directamente a la casa... que el diablo no los vaya a tentar hacia el tren blindado...
¿Comprendido?... ¿Me entienden?
—Sí, sí, dijeron los muchachos..., despidiéndose y perdiéndose entre los matorrales y el espesor del saucedal.
—Cuántas cosas sabe este viejo, dijo Marcus...
—Pero no hay que creer todo lo que él cuenta, respondió Avram.
—Dicen que es un viejo muy vivo...
Apuraron el paso, tropezando a cada momento. Finalmente, con las piernas y las caras arañadas, siguieron a lo largo de la vía férrea, corriendo siempre, no en dirección de la aldea esta vez, sino de la estación, porque el tren blindado acababa de llegar, y habían oído desde lejos su sordo traqueteo. Por allí, los muchachos encontraron a Culaie.
—Chicos, rápido a la casa. Van a suceder cosas muy feas hoy.
—Tío Culaie, ¿no podríamos quedarnos?, preguntó Marcus. En los ojos de Avram se leía el mismo interrogante.
—Por nada del mundo...
Allí los dejó, apurado él también, pero los muchachos empezaron a dar vueltas en ese hormiguero devastado, donde había soldados, trenes que iban y venían, maniobraban y se preparaban a partir, pero no hacia el frente.
En ese momento el cocinero les dio de nuevo el trabajo de pelar papas. Estaba un poco achispado y canturreaba en voz baja.
Los chicos pensaron en el buen tiempo, en aquellos días en que Culaie les tocaba el violín y que bailaban la sirba o la batuta rumana, hasta el momento en que él también se entusiasmaba y empezaba a castañetear los dedos, cantando y balanceando su cuerpo fornido y taconeando el suelo con tanta fuerza que hacía temblar los muros.
De pronto Petru Ristea llegó a la cocina. Era un primo de Avram, enrolado en la guardia roja, pero se decía que él había estado en relación con "los señores", y con los oficiales escondidos en la montaña, y que se había inscrito en la guardia roja sólo para lavar las sospechas que pesaban sobre él. Pero todo esto era pura habladuría.
—Vamos, muchachos, dijo al ver a Avram y Marcus, ¿qué hacen aquí? Los voy a llevar en seguida a sus casas.
—¿Tú?, preguntó el cocinero, con un ojo entrecerrado, dejando de cortar la carne.
—¡Barril de alcohol! ¿Qué tienes que estarme mirando así?...
Cuidado, no te vayan a arreglar los nuestros... ¿tal vez que andas con ganas de volver al bosque y ver al teniente Neantru?
Era una alusión a los oficiales que él había ayudado a huir a la montaña.
—¡Nb es a ti a quien tengo que dar cuenta de lo que tenga ganas de ver, maldito borracho!
—¿Dónde está Petru Ristea?
—Aquí, gritó éste, volviéndose hacia la puerta, por la abertura de la cual un soldado introdujo la cabeza.
—Ven a transportar las cajas, debemos subirlas a los trenes...
—¿Pero qué haremos con estos dos chicos? Uno es mi sobrino, y hubiera querido llevarlo a la aldea...
—A la aldea y más lejos..., dijo el cocinero riendo y dando un mordisco a una salchicha que estaba en un estante junto a una botella de aguardiente. Ristea no tuvo mas remedio que seguir al soldado que lo vino a buscar.
De pronto se oyó una gran detonación, cuyo estrépito se prolongó largo rato.
—¡Hip!, exclamó el cocinero como si tuviera hipo... ¡Hijos de perra! ¡Esto no está bueno!
Rápido, muchachos, tomen estas cosas y síganme ligero hacia el vagón. Vamos a empezar tantas veces como sea preciso para acabar nuestro trabajo.
—Pero qué pasa, preguntó Avram.
—Ya van a verlo en seguida...
Al salir Avram, que tenía las manos cargadas de salchichas, y Marcus, que llevaba grandes atados de cebolla y ajos, mientras que el cocinero transportaba una bolsa sobre cada hombro y un canastón lleno de macarrones, tomado con los dientes, se dieron cuenta que todo el mundo se apresuraba a subir a los vagones, unos según un orden establecido, otros al azar, mientras a lo lejos, en la aldea, se oía el fuego a ras de las ametralladoras, fusiles y carabinas.
El teniente Angyal, que mandaba el tren blindado, salió rápidamente de su puesto de comando, ajustándose el cinturón del sable.
—Pensábamos que vendrían del sur. Y hete aquí que llegan del Este, dijo al pasar, sonriendo a otro oficial. Los trenes partían uno después de otro a todo vapor. Los soldados destinados hacia el sur y hacia el sudeste, recibieron orden de retirarse y de ocupar posiciones a lo largo de la vía férrea, detrás de los terraplenes, haciendo frente al este, de donde llegaba el tiroteo. Los hombres corrían hacia todos lados, lanzando maldiciones, con fusiles en las manos, ametralladoras en las espaldas, en los hombros o en los brazos. Algunos cañones llegaban, tirados por caballos a quienes los artilleros azuzaban a golpes de látigo para ponerlos más pronto en batería. Los artilleros, apostados detrás de la vía férrea, maldecían a los trenes que les impedían hacer fuego tupido. De hecho, la armada había sido sorprendida de flanco. Cuando los puestos situados sobre las colinas, al este de la estación, notaron el avance de los soldados rumanos, con los cascos franceses de acero, ya fue tarde.
—¡Allí están los rumanos!, tuvieron apenas tiempo de gritar, en plena retirada, los que no habían caído bajo sus balas, o en un combate desesperado a la bayoneta.
Esa era la razón por la cual todo el mundo estaba apurado por trepar a los vagones.
Muchos soldados que no entraban en los trenes, recibieron orden de tomar posiciones defensivas, mientras que el tren blindado, en una prolongada maniobra, cubriría su retirada.
En medio de aquella confusión, nadie prestó la menor atención a los chicos. Al principio ellos sentíanse felices, pero después empezaron a tener miedo, al comenzar a silbar las balas en torno suyo. Los trenes habían partido. Solo quedaba en la estación el tren blindado y los hombres que lo ocupaban.
—¿Qué andan haciendo ustedes? No se fueron... ¿y por qué?..., ¿por qué no se fueron cuando les dije que se marcharan?... Pobres desgraciados...
Era Culaie el que, al fijarse en ellos, se precipitó y tomándolos por los hombros, les miraba a la cara.
—¿Tienen miedo?
—No, gritó Avram decidido.
—Yo tampoco, se asoció Marcus a la afirmación de su amigo.
Pero no era cierto. Sus voces temblaban.
—¿Qué están haciendo aquí estos cabritos?, preguntó al pasar el jefe del tren, Sabau.
—Han perdido la cabra, respondió Culaie. No sé qué hacer, por pequeños que sean una bala puede alcanzarlos.
—¡Qué imprudentes!... llévalos rápidamente al tren blindado. A mi vagón... no vamos a dejar que los hagan carne picada, gritó Sabau, precipitándose en seguida a responder a un llamado del teniente Angyal. Culaie hizo entrar a los muchachos por debajo del vagón y los instaló en un rincón sobre una caja de municiones.
—Quédense aquí y no se muevan... acá no hay nada que temer.
—Nosotros no tememos nada, dijeron los chicos, con la voz firme.
Desde el lugar en que estaban, los disparos se oían menos. Los soldados entraron a su vez y ocuparon las posiciones de tiro. Los unos con las ametralladoras, los otros con fusiles. En el mismo vagón se encontraba un cañón, junto al que estaba apostado Matiut y otros dos soldados dispuestos a tirar. Matiut era artillero desde hacía poco tiempo. Casi de inmediato, el teniente Angyal subió también al vagón y sus ojos cayeron en seguida sobre los dos chicos.
—¿Quién ha hecho subir a estas criaturas al vagón? ¿Quién se ha atrevido?, vociferó rojo de ira. Había encontrado sobre quien descargar sus nervios, sobre los chicos.
—Fui yo, dijo tranquilamente Culaie, apostado junto a su ametralladora.
—¿Tú? ¡Condenado imbécil... Te haré íusilar... No, te voy a matar aquí, de inmediato!...,
y sacó su revólver de la cartuchera...
En ese momento vio que se le enfrentaba Sabau, con su corpulencia de toro, y decía:
—Soy yo quien ha dado la orden...
—¡Especie de bandido!... ¿Crees que no te puedo matar a ti también?
—Como "el señor teniente" quiera, respondió Sabau perfectamente calmo, sin siquiera prestañear. Pero había dicho "el señor teniente", recalcando de tal modo las palabras, que Angyal bajó su revólver y se lo guardó en el cinto.
—¡Que el diablo se los lleve!... les caerá sobre la conciencia, es un crimen que han cometido... tomar a dos criaturas con ustedes, cuando saben cómo vamos a acabar todos...
Se marchó furioso al otro extremo del vagón. Mirando su reloj parecía contar con el pensamiento algo, removiendo al mismo tiempo los labios.
Sabau se acariciaba el bigote rubio. Era el único que tenía bigote.
De pronto, con un ruido ensordecedor, el tren se puso en movimiento arrastrándose pesadamente sobre la vía férrea. Cuando las primeras ráfagas de proyectiles chocaron contra los vagones blindados del tren, las armas de los soldados que se hallaban en el interior empezaron a disparar sin detenerse. Pero las detonaciones no se oían, sino repercutiendo del exterior, por las troneras por donde pasaban los cañones de las armas. El estruendo era incesante. Poco a poco el vagón se llenó de humo, a causa de las cápsulas de los cartuchos que arrojaban dentro los fusiles automáticos, y que continuaban despidiendo humo, vacíos, en la banda de tela de las ametralladoras. El aire era de pólvora.
El tren rodó un tiempo, pero luego se detuvo. En seguida echó marcha atrás, para de nuevo avanzar después. Los soldados sudaban a fuerza de disparar y recargar sus fusiles. Las ametralladoras parecían máquinas de coser en las que se introducían las bandas de tela que contenían los cartuchos. Culaie movía su ametralladora de un punto a otro. El cañón de Matiut aullaba de tiempo tiempo, como un perro en la lejanía.
Los dos chicos, espantados al principio por el ruido de las detonaciones y por todo lo que miraban alrededor de ellos, terminaron por calmarse, y empezaron a darse ánimo uno al otro:
—Ahora también nosotros estamos en la guerra, dijo Marcus.
Mapa de la Guerra Civil Rusa
—¡Ah, si el tío Culaie nos quisiera dar prestada un ratito su ametralladora!
Pero no se atrevían a pedírsela.
Angyal se acercó a ellos, los acarició y les sonrió.
—¿Tienen miedo?
—Oh, no, dijeron al mismo tiempo.
—¡Bravo!, los felicitó el teniente, y les dio a tomar una bebida que llevaba en un tanquecito de cinc.
Los chicos hicieron un gesto. Era rhum.
—¡Cuando llueve como ahora, esta bebida es excelente!, dijo el oficial, y se marchó porque debía seguir, desde una mirilla, el desarrollo del combate y dar las órdenes a la locomotora, a la que estaba enganchado el vagón. Las órdenes se transmitían por un tubo de caucho espeso que comunicaba directamente con el marino Killik, mecánico del convoy.
De repente, el tren se detuvo, porque la locomotora había lanzado de pronto una señal de alarma.
La vía férrea se hallaba interrumpida. "¡Los hombres del primer vagón, afuera!", ordenó Angyal.
Los soldados salieron armados de granadas y ametralladoras. En menos de media hora, los rieles fueron reemplazados y el tren se puso en marcha. Pero ya el combate no pudo sostenerse. Entre los soldados que quedaron en tierra para constituir la retaguardia, algunos consiguieron salvarse, en la medida en que pudieron atravesar el Cris, desbordado por las lluvias primaverales, lo que era arriesgado para los que no sabían nadar.
La batalla se libraba del otro lado de la vía férrea; era la prueba de que los adversarios habían tomado contacto con los soldados que se retiraban y que la suerte de éstos no dejaba lugar a duda.
A unos quince kilómetros de la anterior parada Killik frenó, sin preguntar su opinión a Angyal. Habían hecho saltar el puente que atravesaba el Cris.
Cuando Angyal descendió y salió de debajo del vagón, enloquecido de rabia, con el revólver en la mano, encontró a Killik muerto. Se había suicidado disparándose un tiro en la boca. La bala le salió por la nuca.
Se hubiera podido encontrar otro mecánico, Matiut mismo había trabajado cierto tiempo en la locomotora, pero el puente sobre el Cris no podía ser reparado.
Angyal ordenó que todo el mundo bajara del tren y se preparara a la retirada. Formó una retaguardia, compuesta sobre todo por ametralladoristas. Entre éstos se encontraba Culaie, el tzingano.
Durante ese tiempo, nadie paraba mientes en los chicos. Éstos, aterrorizados, se tenían de la mano y lloraban. ¿Quién iba a estar para ocuparse de ellos? Sólo Culaie se detuvo, después de salir del vagón, y entregó a Avram su violín, encerrado en una caja de madera negra.
—Toma, debes cuidarlo... si yo muero, es tuyo...
Marcus se apoderó de una carabina y sentóse detrás de Culaie, el cual había tomado una ametralladora de reserva del tren y la había colocado en batería detrás del terraplén en la vía férrea, cerca de un pequeño puente de cemento, desde donde podía dominar los alrededores.
—Deja esa carabina tranquila, gritó Culaie a Marcus.
Los soldados con cascos avanzaban a saltos, molestados por el fuego de ametralladoras y fusiles. "Los franceses...", dijo Avram enloquecido, mirando a Marcus.
Todor Matiut vino a despedirse de Culaie, pues su cañón ya no funcionaba, y no tenía cómo desmontarlo. Todor apretó a los chicos contra su pecho y los besó en las dos mejillas.
Las lágrimas manaban de sus ojos...
—Bueno, muchachos, dijo Culaie, si ustedes siguen una línea recta que parte de mi nuca hasta el otro lado de los sauces que ven allá, encontrarán un arroyo no muy ancho. No es el Cris. ¿Comprendieron?
—Sí, dijo Marcus.
—Van derecho en esa dirección y apúrense...
—¿Pero por qué?, preguntó Avram.
—Porque ya no tienen nada que hacer aquí...
—Es que nosotros queremos quedarnos contigo...
—Váyanse... no van a tener ni un cirio que prenderme cuando llegue el momento. Hagan lo que les dije. Y de tanto en tanto miren hacia atrás, para ver si están bien en la línea de mi cabeza. Mientras ustedes vean mis espaldas todo va a andar bien, porque estarán protegidos por el fuego de la ametralladora.
—Pero es que queremos quedarnos contigo..., lloriqueó Avram.
—Silencio... ustedes van a ir donde yo les digo... En marcha... Adelante... ¿Entendido?...
Paso de carrera...
La voz de Culaie era fuerte y ronca. No los miraba siquiera, atento para apuntar hacia los adversarios que se acercaban, se echaban por tierra, se levantaban y volvían a acercarse. Era como un mar avanzando sus olas enturbiadas, lanzándose contra un dique, que frente al asalto de las ondas no ofrecería más obstáculo que el umbral de una puerta para el paso de un hombre.
Los chicos se alejaron sin haberse siquiera podido despedir de Culaie, que disparaba sin cesar una banda de cartuchos tras otra.
En su apuro, Avram se olvidó el violín. Quiso volver atrás, pero Marcus se lo impidió.
Los chicos corrían cada vez más ligero y penetraron en un matorral en la proximidad de un pantano. Al alba se separaron después de haber pasado la noche temblando de frío y de miedo, acurrucados uno contra el otro, en una anfractuosidad del terreno, entre las raíces de los árboles, escuchando, hasta que cayó la noche, a los soldados que pasaban cerca, jadeantes, maldiciendo, los disparos de fuego incesante, y los gritos desgarradores que de tanto en tanto hendían el aire.
Sentían el espanto como un cuchillo que les penetraba en las carnes. No pegaron los ojos en toda la noche. Además, un herido gimió no lejos de allí, hasta el alba, pidiendo con una voz que era como un quejido: "Agua.. agua... agua..." Los chicos no se animaron a salir de su escondrijo. Además, tal vez no lo hubieran encontrado. Pero sobre todo los paralizaba el miedo.
—No hemos sido muy valientes, dijo Marcus.
—Pero ahora ya no somos niños...
—Tienes razón Avram, cuando se ha visto lo que nosotros hemos visto, ya no se sienten las cosas como las sienten los otros niños, pero la verdad es que tampoco somos hombres...
—Debemos convertirnos en hombres como Culaie...
—¿Y morir como él?
Estaban seguros que su amigo había muerto.
—Tal vez... Pero... yo pensaba en otra cosa... ¿Te acuerdas de lo que nos dijo el día que nos peleábamos en la calle?
—No lo olvidaré nunca. Yo quiero ser un hombre como él... ¿Sabes lo que voy a hacer?
Voy a irme a Arad, allí tengo un tío que es cerrajero en la fábrica "Astra", quiero aprender un oficio, vivir entre hombres como Culaie y ganar dinero para ayudar a los míos.
Se dieron un apretón de manos como dos hombres. Marcus se puso en camino a lo largo de la vía férrea, en dirección a la ciudad. Avram debía regresar a la aldea por el camino vecinal. Uno se iba hacia lugares desconocidos, el otro regresaba a su punto de partida.
Pero cuando atravesaban el campo cubierto de muertos todavía sangrantes y lívidos, no pudieron reprimir el deseo de hacer un desvío para pasar por el lugar donde había caído su amigo Culaie.
Allí le encontraron junto a su ametralladora, con la cara contra la tierra. Alguien le había quitado los zapatos y las polainas. También el violín había desaparecido. Con los pies desnudos, la cabeza descubierta, porque al caer se le había caído el casco, parecía dormir después de un duro trabajo en el campo. El viento jugaba con sus cabellos negros y espesos.
Rumanos recibiendo al Ejercito Rojo en 1944
Una alondra subía a lo alto cantando, en el mismo momento en que el sol aparecía tras la cresta de una colina.
Marcus miró a su alrededor, tratando de encontrar algunas flores, pero no las había. Tomó entonces unas delgadas ramas de sauce, cubiertas de brotes y las colocó alrededor de la cabeza de Culaie. Después sacó la bayoneta de su vaina y la clavó entre las frescas ramas que cubrían el casco de Culaie.
Miraron una vez más en silencio a su amigo y se separaron calladamente.
Era un Sábado de Pascuas. Recién entonces Avram empezó a pensar en su madre, en el tío Novac, que tal vez también había sido muerto, en su escondrijo, con sus caballos, y recordó también a Salomón y a Sultana. "Mamá en este momento debe estar haciendo panes redondos y pintando los huevos, aunque creo que no tendrá mucho ánimo para estas cosas.
¡Cuánta pena he podido causarle!", se dijo con amargo remordimiento.
Los soldados desfilaban sin cesar por la ancha ruta, unos a pie, otros en carros, después se vieron columnas de caballería y una batería tras otra, cañones de todos calibres tirados por fuertes caballos que hacían temblar la tierra con sus cascos. Nadie se fijaba en Avram. Pero su corazón latía aceleradamente. Lo sentía golpear contra sus costillas como un martillo que un herrero usara sobre el yunque y el hierro caliente.
De pronto recordó que llevaba en su gorra una escarapela roja. Se la arrancó rápidamente y la guardó en el bolsillo. Un poco más lejos la enterró al borde de la ruta. Estaba un poco avergonzado de hacer esto, pero pensó que no le quedaba más remedio. Nadie en la larga fila de soldados cansados y apresurados se había fijado en su escarapela roja, ni en lo que él hacía.
Los soldados que pasaban hablaban rumano entre ellos. Por lo tanto no eran franceses.
Avram sintió una alegría inexplicable, pero al mismo tiempo se le oprimía el corazón. Eran hombres como los de su aldea, que debían tener sus mismas preocupaciones, pensar en la tierra que les habían prometido dar después que la guerra terminara.
Pasó la noche en una parva de heno, olvidada desde hacía mucho tiempo, y volvió a ponerse en marcha al amanecer. No se detuvo hasta que llegó cerca de unas hayas, donde llenó sus bolsillos con vainas, pensando que tendría al menos algo que mascar en el camino, porque el hambre empezaba a atenacearlo.
Era un día hermoso, tibio y soleado. Sobre la carretera se veían de tanto en tanto grupos de soldados o carretas. El grueso de las tropas ya había pasado.
En el camino encontró una fuente que servía de abrevadero, a juzgar por la pila llena de agua fresca y por los rastros de cascos de caballos en la tierra. Avram se lavó la cara para refrescarse un poco, bebió golosamente en las palmas de sus manos el agua que caía a pequeños chorros y desbordaba en la pila hecha con un tronco de álamo vaciado.
De pronto vio venir hacia donde él estaba un carro, y su primer pensamiento fue escapar, pero se detuvo: "Tal vez quiera dejarme subir", pensó, viendo desde lejos que no venía en él más que un hombre solo, un campesino que dormitaba, mientras los caballos cansados iban al paso. Recién en ese momento Avram pensó que le dolían los pies. Esperó, y de pronto se sobresaltó. "¿Será posible que sea él? Sin embargo, me parece que reconozco los caballos.
Ese que tiene una pelota en la frente, es nuestro César. ¿Pero qué andarán haciendo por aquí nuestros caballos?'" Esperó a que el carro estuviera más cerca. Sí, era él:
—¡Tío Novac!
El carretero se sobresaltó y maquinalmente tiró de las riendas, sin comprender bien lo que sucedía. De pronto reconoció a Avram.
—¿Eres tú, Avram? ¿Cómo has llegado por aquí, pequeño? Vente, sube aquí a mi lado.
Ya en camino, tío y sobrino se contaron uno a otro sus aventuras. Ninguno de los dos había regresado a la casa desde el momento en que los chicos fueron a buscarlo en su escondite con los caballos ocultos en el matorral. Allí los soldados lo descubrieron al atardecer y lo obligaron a llevarlos hasta donde el diablo perdió el poncho, del otro lado de Pincota.
—¿Y Marcus, tu amigo, dónde quedó?, preguntó el tío Novac.
—Se fue hacia la ciudad.
—¿Cómo es eso, para ir a correr mundo?
—Para correr mundo...
Después de un rato, el sobrino preguntó al tío:
—¿Crees tú, tío, que todo estará tranquilo ahora?
—No sé qué decir...
Al encuentro de ellos venía a toda velocidad un coche. Sobre el asiento un soldado conducía dos hermosos caballos, negros como cuervos, con manchas blancas en las patas. Su pelaje brillante, y gordos como melones.
—¡Qué bellos animales!, exclamó el tío Novac, y quiso mantenerse a la izquierda para dejar pasar el "coche de los señores", que tomaba el medio del camino.
Pero no se sabe por qué el cochero torció también hacia la derecha, de tal manera que el tío Novac perdió la cabeza y hubiera ido sin duda a chocar contra el coche, si al tiempo no hubiera tirado fuertemente de las riendas.
—Ala... César... Picolo...
El coche militar se detuvo y descendió de él un oficial con monóculo, con una capa en la espalda.
—¡Imbécil!... ¿te mantienes a la izquierda para chocar con mi coche?
El tío Novac, que había saltado al mismo tiempo del carro, se mantenía firme ante el oficial:
—Señor, así nos enseñaron que debíamos hacerlo, en la séptima división del tren de equipajes de la Armada Imperial y Real, que debíamos colocarnos siempre a la izquierda.
Eso era cierto. En el Imperio Austro-Húngaro los vehículos circulaban a la izquierda, pero sólo en las grandes rutas y en los caminos vecinales. En los demás lugares cada uno hacía lo que le parecía.
El oficial se acercó y sin decir agua va, lanzó al tío Novac dos fuertes bofetadas, cuyo ruido hizo que los caballos pararan las orejas, tanto los que tiraban del coche como los que arrastraban la rústica carreta.
—¡Bolchevique infeliz!..., agregó el oficial. Luego subió al coche y los caballos excitados por la voz del soldado partieron a todo galope.
El tío Novac se sentó sobre la tabla colocada en el ladral de su carro, y con su sobrino retomó la ruta en dirección de las montañas. Avram miraba a su tío con el rabo del ojo. Habría querido decirle algo, le daba lástima ver cómo corría el llanto por las mejillas del viejo.
Finalmente, contemplándole la cara enrojecida por las bofetadas y mojada de llanto, se decidió a decirle:
—¿Tiene dolor, tío Novac?...
—No, tengo vergüenza...
Avram calló. Y no hablaron más hasta aproximarse a la aldea.
Bandera de la Republica Popular Rumana, construida por los
campesinos y trabajadores rumanos en 1948
Llegados a Cornesti, donde el tren blindado se había detenido, encontraron a Mitru Matiut, con una picota en el hombro. Lo invitaron a subir al carro. Y no fue sino entonces que Avram se dio cuenta de la vuelta que había dado, en medio de su susto, para llegar de la vía férrea al camino vecinal. Se había perdido en medio de los campos en labranza, entre las aldeas. Mitru Matiut era también un obrero pobre. Había hecho la guerra aunque tenía la edad de su tío Novac, es decir, casi cincuenta años.
—¿Vas a trabajar el día de Pascua?, le preguntó el tío Novac.
—Fui a enterrar a los muertos. Todos los pobres de la aldea fueron obligados a cavar fosas.—
Y bien, dijo el tío Novac...
—Fui a enterrar a mi hijo Todor... No lo habrías reconocido. Una granada le arrancó la cara. Estaba desnudo. Lo reconocí por el cinturón que llevaba en el pantalón, que se lo había tejido su madre, mi pobre Viroana. Y ahora cómo decirle a esta mujer que enterré a su hijo, el día de la resurrección de Cristo.
Avram, que había visto tantas cosas y ya no era un niño, escuchaba con los oídos atentos.
Por encima de la aldea, como todos los otros días, el sol se ocultaba llevando consigo las alegrías a medias o enteramente desmentidas, mientras caía la tarde.
Quién había combatido y contra quién... Avram no lo comprendía muy bien en aquel tiempo, pero sentía solamente que un mundo había sido reemplazado por otro, que el país era ahora conducido por un rey y ya no por un emperador. Entre esos dos mundos, un tercero pudo nacer, pero no nació. ¿Habría sido mejor o peor? Avram no se daba cuenta en esa época.
Fue mucho más tarde cuando empezó a hacerse una idea del mundo, que los recuerdos de entonces se despertaron en él y empezaron a tomar un sentido preciso en la lenta evolución del hombre que no había olvidado nunca de dónde partió, pero comprendió el sentido de esos recuerdos cuando el ejército rumano, más poderoso y numeroso, junto a los ejércitos soviéticos triunfantes, pasaron por esos mismos lugares realizando por fin el sueño que se había incubado un cuarto de siglo antes. Avram Protap, soldado bajo la bandera de la liberación, tuvo el sentimiento poderoso y claro que su pueblo, con los patriotas a la cabeza, no sólo se harían justicia a sí mismos, sino igualmente a sus vecinos, al pueblo húngaro, oprimido también, al pueblo checoslovaco, aplastado bajo tantos sufrimientos durante el terror hitlerista.
Pasando por los territorios liberados, junto a los cementerios, que los ejércitos habían dejado a su paso, y donde yacía lo mejor de sus soldados, Avram pensó que quizás su tumba podría ser cavada en la llanura húngara o en las montañas Tatra, mientras que las tropas avanzaban desafiando el fuego y la muerte. Pero ya no lo lamentaba.

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