martes, 16 de septiembre de 2008

Cosas que aun no he contado

En Bucarest hay muchos españoles. Bueno, quizás no tantos, porque registrados registrados en toda Romanía hay exactamente 255. Yo hice el numero 266. Hay otros muchos que no se registran porque solo vienen unos meses a ganar pasta fácil, aprovechándose, eso si, de la avaricia de dinero rápido de muchos rumanos. La situación es similar a España y su mecha inmobiliaria que iba quemándose cada vez mas rápido, hasta que ha estallado. Aquí aun es peor, porque los precios de los pisos se han puesto al nivel de los españoles a un ritmo todavía mas exageradamente acelerado, así que la explosión será aun mas enorme. He visto pisos aquí en condiciones nada buenas que cuestan lo mismo que un piso en el centro de Madrid. Apartamentos de 40 metros cuadrados, como el mio de Madrid, que cuestan mas aquí. En fin... Romanía va por peor camino que España y espero que el hundimiento no sea tan profundo como se intuye.

En fin, que ya me estoy perdiendo. La mayoría de los españoles que hay por aquí, salvo Rafa, excelente persona y creo que excepcional profesor del Instituto Cervantes, vienen como representantes del primer mundo, de la vida desarrollada y civilizada, del modo de vida europeo basado en el consumo y el progreso. No suelen hacerse amigos rumanos, en todo caso se hacen amigas rumanas (no solo de pan vive el hombre). Y tienen esa visión del que se cree superior ante un pueblo que tuve un pasado con cosas peores y con cosas mejores que los españoles. Y que ahora mantiene algunas cosas malas y otras buenas.

Yo no quiero parecerme a ellos (digo a esos españoles). No quiero criticar constantemente las carreteras rumanas, la escasez de infraestructuras, algunas de sus costumbres tradicionales... No soy un defensor al ultranza del progreso porque sí. Hay cosas que aquí se encuentran y los españoles han perdido. Por ejemplo, los mercados populares de productos campesinos, aquí llamados Piata. En estas se pueden encontrar en pleno centro de Bucarest y por todos sus barrios productos vegetales que vienen directamente del campo del agricultor. Cuando supe que en estos mercados se vendía leche de vaca (digo de vaca, vaca) fue como recuperar algo arrancado de cuajo de mi infancia. Esto en España lo hemos perdido. Nos lo hemos dejado robar.

Tampoco quiero criticar constantemente a los coches marca Dacia, o a los todavía guerrilleros Trabant u Oltcit. Al contrario, me parecen admirables estos coches, que aun duran y son duros. Si un coche funciona no hay porque cambiarlo cada poco tiempo como dictan las normas del buen capitalista, disfrazadas con la etiqueta de progreso. Me encanta ver aun estos coches. Lo que no me gusta nada de Romanía es, al contrario, la cantidad de coches caros que circulan en manos de nuevos ricos que, en su irreparable ser de paleto, solo saben ostentar lo que tienen sin tener en el fondo nada.

Yo no soy un español cualquiera. Entre otras cosas porque yo no me siento orgulloso de lo que no he conseguido con mi voluntad. Es decir, yo soy español porque nací allí por casualidad. Podría haber tenido otra suerte, mejor o peor, nunca se sabe, y haber nacido en Rumanía, en Marruecos, o Alemania. No entiendo ese orgullo de lo que no he merecido. Yo no soy un español cualquiera. Tampoco he venido a Rumanía a enriquecerme. Al contrario, he venido a vivir, en la medida de lo que pueda, como un rumano. Deje mi trabajo fijo en España, de 1200 euros al mes, para ganar, de momento, 500. Pero merece la pena la aventura. No quiero ser superficialmente rico envolviendo mi vacuidad con dinero. Quiero ser rico en experiencia. Y vivir en Rumania es una experiencia que me está enseñando y cambiando, de la que bebo cada día, con la que sumo cada día para ser mas yo (español, rumano, apátrida, yo).

1 comentario:

expatriada dijo...

Un post precioso. Pero ¿sabes que? Que cuando vas como representante del primer mundo, tienes a tu jefe del primer mundo detrás de ti exigiendote unos resultados. Y como los rumanos tienen otra filosofia de vida, te toca currar once horas para hacerlo todo en un país cuyas costumbres incluyen la burocracia masiva y obstaculizante. Y como tienes que currar tanto, no te da tiempo a ir a los mercadillos, así que acabas comprando en el supermercado de turno donde te venden la comida a precio de oro... y te cagas en todo porque no hay aparcamiento a no ser que lo subas encima de una acera.

Me imagino que es cuestión de perspectiva...

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