domingo, 9 de marzo de 2014

Bajo el cielo de España: Capítulo V (4ª Parte). Sobre la participación rumana en las Brigadas Internacionales

Continuamos con la publicación de la traducción del libro del comunista rumano Walter Roman, en el que cuenta sus vivencias de su participación en la Guerra Civil Española en las filas de las Brigadas Internacionales.

Se puede acceder a las partes anteriores en los siguientes enlaces:

COLECTIVO VALAKIA ROJA (VKR)

 ***

El día 16 de febrero, los fascistas desencadenaron el ataque por la mañana temprano mediante un terrible fuego de artillería. Sobre las líneas republicanas cayeron cientos de proyectiles. Estaba claro que el intenso cañoneo de la artillería fascista constituía el inicio de un nuevo ataque masivo.

El comandante de la XI brigada decidió instalar el puesto de mando del batallón en la primera línea de las tropas republicanas. Se trataba de una medida infrecuente, por lo general, puesto que el peligro de que la batería quedara sin dirección o, como se decía por entonces, quedara ciega, aumentaba considerablemente. No obstante, teniendo en cuenta la gravedad de la situación, se procedió de esa manera. Los observadores y los mandos de las baterías se instalaron en primera línea. Se abrió fuego intenso sobre las baterías enemigas con el objetivo de localizarlas y destruirlas. Para reducir la intensidad del ataque del enemigo, se extendió a toda la artillería republicana la orden de situar el mando artillero en la primera línea.
Brigadistas del Batallón Thaelmann

La mañana del día 16 de febrero se caracterizó por un intenso duelo de artillería a lo largo del frente, en el que el batallón rumano dio todo de sí. Animando a sus camaradas al grito de “¡Venguemos a nuestros muertos de Grivița!” (era 16 de febrero, aniversario de la lucha de los ferroviarios de 1933), Nicolae Cristea no dejó de disparar durante horas contra las líneas enemigas.

Tanto de las observaciones propias de los artilleros como de las de los soldados de los batallones “Edgar André” y “Thälmann” se tuvo constancia de que las baterías del batallón rumano habían provocado pérdidas considerables al enemigo.

También en los días que siguieron, cuando los combates no tenían ya la misma intensidad, se mantuvo el grupo rumano en su puesto.

La participación del batallón rumano en la batalla del Jarama, batalla en que los soldados y oficiales de la primera unidad rumana no escatimaron esfuerzos, en que muchos ofrendaron su sangre, su vida, fue ponderada de manera considerable. En la orden del día del sector, dada el 26 de febrero de 1937, publicada en La Reconquista de 20 de octubre de 1938, se podía leer entre otras cosas: “El grupo rumano de artillería destruyó una batería enemiga, voló un depósito de municiones y provocó pérdidas en las posiciones enemigas, además de destruir nidos de ametralladoras, rampas de lanzamiento y cinco tanques, y de rechazar un poderoso ataque fascista mediante un bombardeo de precisión justo por delante de nuestras líneas”[1].    

El batallón rumano de artillería había recibido su bautizo de fuego.

Los artilleros rumanos estuvieron a la altura de la misión que se les había encomendado. Todos los soldados que tomaron parte en la batalla del frente del Jarama tuvieron noticia de la actuación del batallón, primera manifestación de su participación en la guerra de España.

***

Pero además de los voluntarios rumanos del grupo de artillería, también participaron en la batalla del Jarama otros voluntarios de nuestro país, encuadrados en diferentes unidades internacionales. Su comportamiento en el transcurso de los combates es igualmente digno de mención.
   
Tal como hemos indicado, en el seno de la XV brigada, en especial en el batallón “Dimitrov”, lucharon numerosos voluntarios rumanos llegados a España a finales del año 1936: Ioan Cristof, obrero metalúrgico de la Factorías Malaxa, Pavel Cristescu y otros entre los que se encontraban algunos llegados de América del Sur. Una vez integrados en la brigada de la que formaban parte, recibieron también ellos su bautizo de fuego en el frente del Jarama. La XV brigada ocupó una posición en un sector del frente de considerable importancia, perpendicular a la carretera que conducía de Morata de Tajuña a San Martín de la Vega. Por la izquierda estaba en contacto con las divisiones dirigidas por Líster y por la derecha con la XI brigada internacional.

Con la instrucción aún sin terminar, el batallón “Dimitrov” recibió en la noche del 6 al 7 de febrero la orden de montar en camiones y partir de las cercanías de Albacete, donde se encontraba, con dirección al frente del Jarama. La unidad se dirigió al pueblo de Morata de Tajuña, donde, prácticamente, el frente ya no existía, con la misión de cerrar la brecha que se había producido en aquel punto.

Un bosque interminable de olivos cubría la región. Entre los troncos de los árboles los hombres cavaban trincheras tratando de utilizar el más mínimo pliegue del terreno para defenderse de la artillería enemiga, que, desde posiciones favorables, disparaba sin descanso, durante horas, sin dejar un palmo de tierra sin batir, segando vidas tanto en las primeras líneas como en la retaguardia del frente. Allí cayó el primer día de combate, entre los rumanos, el voluntario Ioan Cristof, de 33 años de edad.

Ante los ataques de la artillería, los tanques, la infantería o la aviación enemigos, los luchadores de la XV brigada resistieron con denuedo y en el momento oportuno contraatacaron valientemente. Los actos de heroísmo, de sacrificio, realizados por los luchadores de la XV brigada provocaron la admiración de todo el mundo. El grupo de rumanos del batallón “Dimitrov” se sumó como uno más al entusiasmo general por la valentía y la tenacidad con que luchó. Estas cualidades se manifestaron en especial en las situaciones difíciles, extremadamente difíciles, a que hubieron de hacer frente en numerosas ocasiones en el curso de los combates los luchadores de la XV brigada.

En la XV brigada luchó también el estudiante rumano Emil Șneiberg, uno de los primeros voluntarios llegados a España desde Rumanía. Incorporado con el grado de sargento a las filas del ejército republicano español, se destacó al poco por su excepcional valentía. Cuando, en el transcurso de uno de los más duros combates del frente del Jarama cayó muerto el comandante del batallón “6 de febrero”, Șneiberg tomó el mando de la unidad. El día 22 de febrero, mientras dirigía un ataque del batallón, cayó, a su vez, muerto por una bala enemiga a los 24 años de edad.

También en la XV brigada, en el batallón “Lincoln”, lucharon y cayeron heroicamente dos voluntarios rumanos llegados de los Estados Unidos de América, consecuentes luchadores progresistas: Ștefan Cojereanu y Avram Avram, trabajadores ambos de la zona de Transilvania que se fueron de Rumanía unos 15 ó 20 años antes como emigrantes.

Entre los rumanos que lucharon en el batallón “Edgar André” de la XI brigada se encontraba también el minero Ilie Stoica, que había llegado a la España republicana desde Brasil, adonde le había llevado años atrás la lucha por un mendrugo de pan. Hombre de unos 46 ó 48 años, no vaciló en dejar a su mujer y sus hijos para irse a luchar contra el fascismo con las armas en la mano. En el seno del batallón, Stoica trataba con el cariño de un padre a sus compatriotas, en su mayoría hombres mucho más jóvenes.

Cierto día, uno de los jóvenes voluntarios rumanos fue enviado a una misión complicada de exploración y Stoica pidió permiso para acompañarle. Le preocupaba que al “potro” le pasara algo. De regreso a la unidad, una bala fascista atravesó el corazón del minero rumano. Y aquel hombre como un castillo se desplomó sin decir palabra. En el bolsillo del pecho su compatriota encontró una fotografía de su familia –su mujer, tres hijas y un muchacho-  y una carta por enviar dirigida a su mujer. De aquellas pocas líneas, escritas con la mano inhábil del hombre hecho al pico y no a la pluma, emanaba la férrea convicción del luchador antifascista rumano de que combatiendo en defensa de la República española luchaba por la libertad de su patria. “No te enojes conmigo por haberme ido –escribía Stoica a su mujer-, pero sentí que no podía hacer otra cosa. Una vez hayamos acabado aquí con el enemigo, las cosas cambiarán también en nuestro país y entonces podremos volver también nosotros a la casa de nuestros padres…”

En las cuatro brigadas internacionales que participaron junto a las unidades españolas en los duros combates del frente del Jarama contra los fascistas había voluntarios rumanos. El comandante de la compañía balcánica del batallón “Dombrovski”, de la XII brigada, era Nicolae Olaru. En esa misma compañía participó en los combates y cayó herido Mihai Burcă, uno de los pocos supervivientes de Montoro.

Desde el frente del Jarama, el ferroviario Burcă escribía a sus camaradas en Rumanía: “Estamos en el fuego del infierno. La muerte nos acecha a todos. Pero ninguno piensa en ella. Somos los enviados del movimiento revolucionario de Rumanía y a él queremos honrar. Queremos ser dignos de él. Os enviamos un saludo a los trabajadores ferroviarios. Que sepáis, camaradas, que no nos temblará el pulso ni un instante.”

En el frente del Jarama también lucharon numerosos rumanos en las baterías adscritas a la XII brigada o en el seno de otras unidades. En grupos pequeños o en formaciones más numerosas, los voluntarios rumanos que lucharon en el Jarama aportaron su grano de arena a la gran victoria conseguida por las tropas republicanas, ganándose gracias a su actitud la simpatía y el respeto de los demás combatientes por el pueblo que representaban.          

COMO “ME HICE” JINETE   

Ocurrió en los intensos días de la batalla del Jarama.

Me encontraba en el puesto de mando de la XI brigada internacional, a cuyo frente se encontraba Hans, cuando las tropas franquistas, junto con las marroquíes, desencadenaron un ataque furibundo contra nuestras posiciones. El ataque estuvo acompañado de un fuego intenso de artillería y de un bombardeo aéreo corto pero masivo.

El ataque fue tan brutal que nuestras tropas, ya diezmadas y desfallecidas a causa de los continuos combates que se sucedían desde hacía varios días con sus noches, no resistieron al principio.

Hans y Ludwig Renn eran de la opinión de que nuestra artillería, es decir, el grupo “Ana Pauker”, debía intervenir de inmediato en apoyo de la infantería (de los batallones “Thälmann”, “Edgar André” y “Comuna de París”, que componían la brigada). En ese sentido recibí una orden precisa.

Artilleros rumanos en el Frente del Jarama (1937). En el centro, Nicolae Cristea
Tras consultar a toda prisa los mapas militares y al objeto de entrar en acción lo antes posible, mi intención era transmitir las órdenes correspondientes por teléfono, directamente a nuestras baterías. Constaté, sin embargo, con gran consternación, que las comunicaciones telefónicas con las baterías estaban cortadas. Los fascistas habían conseguido destruir nuestra red de transmisiones. En la misma situación catastrófica se encontraban también las comunicaciones telefónicas con los puestos de observación de las baterías, desde donde, normalmente, se dirigía el fuego.

Informé de la situación y le solicité a Hans un medio de transporte rápido (coche o moto) para poderme dirigir de inmediato bien a las baterías, bien a los puntos de observación que, en ese momento, se encontraban en primera línea.

-Mira –me dijo Hans-, no tengo ningún medio de transporte. Todos han sido movilizados para enviar órdenes a los batallones. Sólo me ha quedado el caballo. Tómalo y vete rápido para llegar a tiempo.

Cuál no sería mi sorpresa ante esas palabras. Hans no podía sospechar que su comandante de artillería no supiera montar a caballo. Ni en la infancia ni más tarde tuve ocasión de aprender a montar, aunque me atraía mucho. Una vez me hube incorporado al movimiento, al partido, ya no pude pensar en cosas así. La ilegalidad, la cárcel, la emigración no crean condiciones favorables para semejantes ocupaciones. Pero, cómo iba a decirle a Hans que no tenía la menor idea de montar, que no había montado a caballo en mi vida. El momento no era en modo alguno el oportuno para confidencias de ese tipo.  

-Bien –respondí tras un momento de vacilación-. Voy con tu caballo.

Lo que siguió es difícil de imaginar.

Después de que el ayudante de campo del coronel Hans Kahle me ayudase a montar y una vez me vi sentado en la silla, me pareció que todo estaba en orden y tuve la agradable sensación de que, en apariencia, cabalgar no era en absoluto complicado.

El caballo echó a andar tranquilo y me sentí bien. Comenzaba a tener la impresión de que sabía cabalgar, de que montar a caballo no debía de tener mucha ciencia. Poco faltó para que me tuviera por un buen jinete, aunque no excelente.

Algo después el caballo se lanzó al galope. El sentimiento de júbilo y de seguridad comenzó, poco a poco, a desaparecer. Miraba a mi alrededor y a lo lejos, tratando de ver si quedaba mucho trecho para llegar hasta el observador.

De repente, el fuego de la artillería enemiga se aproximó a la zona en que me encontraba. Se habían abierto las puertas del infierno. Mi caballo, que hasta entonces había dado muestras de una calma que me tranquilizaba, salió disparado. No lo podía controlar. Y para mayor desgracia, además, tomó una dirección que no me convenía en absoluto: hacia las líneas fascistas.

Todos mis esfuerzos resultaban infructuosos. El caballo no obedecía lo más mínimo. Al revés. Cada vez estaba más nervioso y desbocado. Y era comprensible. Los proyectiles enemigos explotaban a nuestro lado. El caballo continuaba su alocada huida hacia las líneas enemigas.

Se apoderó de mí una intranquilidad rayana en el pánico. Mis intentos desesperados por detener el caballo no daban resultado alguno. Me veía ya en el campamento enemigo y sabía muy bien lo que me esperaba allí.

Haciendo memoria de aquel episodio me resulta difícil reproducir exactamente lo que pasó –en especial, por mi cabeza-, aunque, diría, que ocurrió así: me acordé de una narración de Karl May en que describía una escena de un caballo resabiado, cuyo jinete, peligrando su vida, pretendía detener su carrera enloquecida. El procedimiento para conseguirlo consistía en sujetar fuertemente al caballo por el cuello y tirar de él hacia uno. De esa manera el caballo se paraba. Así decía el cuento del escritor alemán. Y así lo intenté yo también. Pero el caballo se ve que no conocía el cuento de Karl May. El éxito de la operación, como se suele decir, era cosa de dos. En balde fueron mis esfuerzos, tanto más enérgicos cuanto más desesperados.

Hasta que, finalmente, el caballo, enfadado probablemente, “resolvió” solo el problema. De buenas a primeras, se levantó de manos, irguiéndose de repente como para librarse de ese modo de mis “caricias”, y un instante después, rápido como un rayo, cambió la suerte y soltó una coz de sopetón, lanzándome a considerable distancia.   

La trayectoria que dibujó mi cuerpo, no me duele reconocerlo a día hoy, fue elegante, airosa, y el “aterrizaje” absolutamente espectacular. A punto estuve de romperme todos los huesos. Un espectador objetivo podría haberse hecho una idea bastante buena de mis aptitudes de trapecista.

Una vez libre de mí, el caballo continuó su carrera a una velocidad mayor si cabe, rebasó nuestras líneas y se dirigió justo hacia las posiciones fascistas. 

Lo sentí por el caballo; y lo sentí, en especial, por mí, aunque estaba contento de haber salido con bien, finalmente, del lío en que me había metido por la presión de las circunstancias. Seguía dentro de nuestras líneas. Así me hice jinete.

Durante mucho tiempo no dejé escapar una palabra sobre este suceso quijotesco. No porque tuviera vergüenza, que, naturalmente la tenía, sino porque Hans no me preguntó ni por el resultado de mi misión ni por la suerte del caballo (probablemente se había enterado de algo y para no apurarme prefirió hacer la vista gorda) y yo decidí guardar silencio.    

En cualquier caso, la “experiencia” del Jarama me resultó más tarde de gran utilidad en la vida.


ENCUENTRO CON ERNEST HEMINGWAY

Los últimos días de febrero y el comienzo de marzo hubo calma en el frente del Jarama. Sabíamos, a ciencia cierta, que no duraría mucho. Era evidente que el enemigo, que no había conseguido alcanzar sus objetivos, se preparaba para atacar de nuevo. Pero, tras aquellos días de tensión que habíamos pasado, un descanso, por breve que fuera, era bienvenido.

Uno de aquellos días, aprovechando que debía ir al estado mayor de la XI brigada, me pasé a ver a Ludwig Renn. En los pocos meses que llevaba en España habíamos hecho buenas migas. Delgado en extremo, Renn atraía por su viveza, su dinamismo y su fina inteligencia. Sentía gran estima y afecto por el escritor y por el curtido luchador antifascista. Con frecuencia, en los momentos más distendidos, hablaba de acontecimientos presentes y pasados, de su participación en la primera Guerra Mundial, charlábamos sobre los libros que había escrito (le dije que había leído en mis años de estudiante “Guerra” y “Posguerra”, lo que le produjo un vivo placer), de sus proyectos literarios.

Aquel día, me recibió más afectuosamente que nunca:

-¿Quieres venir conmigo mañana a Madrid? –me preguntó.

-Sí, claro; ¿ha pasado algo?

-Pensé que quizá te interesaría conocer a Hemingway. Está en Madrid. Le vi hace unos pocos días en el estado mayor de Máté Zalka y le prometí visitarlo. Si quieres, vente conmigo.

Se lo agradecí, asegurándole que me producía una gran alegría. Renn sabía de hecho cuánto me gustaba Hemingway. Lo apreciaba por la fuerza y autenticidad que se desprenden de su obra, admiraba su estilo directo, sus diálogos espontáneos, de una sorprendente naturalidad. Aunque no había cumplido los 40 y no había dado todavía toda la medida de su talento, Hemingway había conquistado ya por entonces gran fama mundial con su novela “Adiós a las armas” y otros escritos. Por uno de ellos, “Fiesta”, conocimos, por primera vez, una España especial –por la que el escritor manifestó siempre un interés fuera de lo común-, la España de las corridas y de los toreros. Poco antes de ir a España, estando en París, había leído otra narración de Hemingway sobre toros. Se describía en ella, con pluma de experto en la materia, la maestría de algunos toreros famosos: Belmonte, Manolo, Romero y otros. Hasta a los españoles, apasionados de las corridas, les parecían sorprendentes sus conocimientos de tauromaquia. A pesar del tema específico de la narración, emanaba de ella un enorme amor por el pueblo español, por su dignidad y valentía. Sabía que Hemingway no era marxista, pero lo cierto es que había venido en España a la zona republicana y no a la otra. Había reunido dinero, mucho dinero, para los republicanos, escribía a su favor, lo que demostraba que había hecho una elección. Todo ello me hacía apreciarlo aún más.

De todas estas cosas discutí con Renn en el coche que nos condujo a Madrid. Con este motivo, me contó algo más del encuentro que tuvo con Hemingway en el estado mayor de Máté Zalka. Zalka, también conocido como el general Lukács, como se le llamaba en España, con su modo de ser abierto y no muy diplomático le preguntó al escritor americano que le había hecho venir a la España republicana.

-Me gustan las revoluciones –respondió-, son como un torrente que arrastra a su paso todo lo que está podrido. Y lo que hacen los republicanos es en el fondo una revolución. Escribí hace unos días un esbozo: “Los chóferes de Madrid”. Saben, los hay que eligen a Franco, otros a Hitler y Mussolini. Yo me quedo con Hipólito...

(Iba a acordarme de esas palabras muchas veces en el curso de la guerra pues tuve como chofer al español Ángel, un inigualable Sancho Panza, taxista de Madrid, prototipo de hombre del pueblo, valiente, abnegado, lleno de humor y de sentido común.)

Llegamos a Madrid. Hemingway se alojaba en el hotel “Florida”, cerca del edificio de la Telefónica que la artillería y la aviación fascistas bombardeaban permanentemente. El hotel había recibido el impacto de las bombas y la metralla, tenía los cristales rotos y estaba casi totalmente desierto. Hemingway seguía alojándose allí, trabajando, abrigando esperanzas…

Le encontramos escribiendo en una mesa colocada delante de la ventana. Un infiernillo de alcohol con una cafetera al lado y varias botellas de whisky y naranja desperdigadas por la habitación testimoniaban las preferencias gastronómicas del autor. Se levantó de la mesa y salió a recibirnos, alto, delgado pero fornido, presagio de su futura corpulencia.

Renn me presentó. Le habló de nuestra unidad de artillería. Hemingway me miró con ojos sonrientes y me preguntó por mi nacionalidad. Al oír mi respuesta, dijo:

-Sí… Conozco y me gusta Panait Istrati.

Luego nos ofreció whisky, animándonos a beber de palabra y, sobre todo, de obra. Renn se mojó protocolariamente los labios, yo me bebí el vaso de un trago. Era la primera vez que probaba esta bebida y me gustó. Hemingway me miró con aprobación.

-Bebe, bebe, es bueno, da energía. Nunca nubla la mente.

El alcohol era fuerte. Me hizo vencer la timidez que me atenazaba. La charla entre los dos escritores era viva, interesante. Yo era todo oídos.

Cuando Renn le preguntó por qué se quedaba allí, donde estaba en peligro en todo momento, refiriéndose a su estancia en el hotel “Florida”, Hemingway, que se imaginó que la pregunta aludía a su presencia en España, pregunta que le habían hecho en múltiples ocasiones, le replicó:

- Yo no entiendo de política, no hago política. Sin embargo, estoy en contra del fascismo porque este sistema político no puede producir buenos escritores. El fascismo es mentira y condena a la literatura a la esterilidad. Ahora el fascismo ha provocado esta guerra. Odio la guerra, pero para vencerla no hay más alternativa que pelear en ella. Aquí no hay lugar para la cobardía, el egoísmo, la traición.

Todo esto lo decía en un tono tranquilo, afable, con profundo convencimiento. Salió más tarde el tema de la “política de no intervención”, contra la que pronunció duras palabras de condena: “Peor que la guerra y la traición es la cobardía de que dan muestras las democracias burguesas”, dijo.

Renn volvió con su pregunta:

- Sí, pero, ¿por qué estás en el “Florida”? Aquí te expone de manera inútil.

Sonrió.
Joris Ivens (izquierda) con Ernest Hemingway (en el centro) y Ludwig Renn
(jefe de la XI Brigada Internacional, Brigada Thälmann)

-¿Tú crees? Aquí siento a cada instante la guerra, incluso cuando no estoy en el frente. Necesito este ambiente para lo que estoy escribiendo ahora.

Y comenzó a hablarnos de sus proyectos, del guión que escribía para una película de Joris Ivens, “Tierra de España”, de una pieza a la que andaba dando vueltas y  cuyos personajes ya habían empezado a tomar forma (se trataba de la obra de teatro que iba a terminar un año más tarde, “La quinta columna”, consagrada a la lucha contra el fascismo). Cuando leí varios años después “Por quién doblan las campanas”, reconocí en la novela la condensación de unos pensamientos, de unas inquietudes que se abrían camino ya por aquellos días en que se desarrolló la conversación a que tuve la suerte de asistir.

La charla se deslizó hacia las corridas de toros. No podía ser que Hemingway, el gran aficionado a las corridas no abordara esta cuestión. Ludwig Renn que ni conocía bien este “arte” ni lo admiraba, escuchaba sin demasiado entusiasmo, como yo, sus consideraciones.

- En primer lugar debo reconoceros que no puedo comprender por qué el gobierno republicano ha tomado esta medida, que considero excesivamente drástica, de prohibir las corridas… Estoy seguro de que rectificarán.

Interrumpiéndose, añadió pensativo:

- Claro, existe un único peligro en todo esto… en cuanto al futuro de la tauromaquia… la técnica moderna de las corridas se ha hecho demasiado perfecta… ¿Quién podría realmente superar a toreros como Cagancho, Gitanillo de Triana, Villalta, Belmonte, Joselito, Manolo?... Cada uno de ellos sería digno protagonista de una auténtica novela picaresca…       

Antes de despedirnos de él, Hemingway me preguntó:

- ¿Hay muchos rumanos en la Brigadas Internacionales?

Después de contestarle volvió sobre Panait Istrati.

- Que sepas que yo no puedo condenarle. Lo considero, como Romain Rolland, un escritor de talento. Es un poeta innato, enamorado en lo más hondo de su corazón de las cosas más sencillas: la aventura, la amistad, la rebeldía, la carne, la sangre; incapaz de razonar en la teoría y, por tanto, incapaz de caer en la trampa de un sofisma por bien construido que esté. Y quiero aún decir algo más. Estoy seguro de que no lo sabes pues es imposible que lo sepas. Se trata también de Panait Istrati. Hace varios años, cuando realizó su afamado y muy comentado viaje a Rusia, volvió de allí con un cierto sentimiento de frustración. El diálogo que mantuvo con un dirigente, después de visitar unas cárceles y campos de trabajo, revelaba que se había apoderado de él una cierta desilusión e incertidumbre. Este dirigente, tratando de dar a Istrati una respuesta a sus inquietudes, le dijo que “no se puede hacer tortilla sin romper los huevos”, a lo que Istrati le respondió de inmediato: “Podría estar de acuerdo con esa explicación pero, desgraciadamente, no he visto más que huevos rotos.”[2]       
         
Mirándome con ojo maliciosos, añadió:

- No te enfades. No quiero ofender a nadie. Y menos a los rusos, sin cuya ayuda, masiva y rápida, difícilmente podría luchar este pueblo heroico. He contado todo esto sólo para que sus compatriotas le puedan juzgar sabiendo más de él.

En el momento de la despedida, Hemingway nos dijo:

- Sé que las cosas están tranquilas ahora en el Jarama. Pero tan pronto como se reavive el fuego, iré yo también al frente.        

De hecho, pronto iban a comenzar los combates de Guadalajara, frente que el escritor visitó incluso en pleno fragor de la batalla.

***
Notas:


[1] Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
[2] Obsérvese las palabras que Valter Roman pone en boca de Hemingway y las siguientes, procedentes de la obra Memorias de un revolucionario, escrita en francés en 1950, del conocido trotskista Victor Serge, referidas a Panait Istrati:

(…) poeta nato, enamorado con toda su alma de varias cosas simples: la aventura, la amistad, la rebeldía, la carne, la sangre. Incapaz de un razonamiento teórico y por consiguiente de caer en la trampa de un sofisma bien hecho. Le decían delante de mí: “Panait, no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, nuestra revolución..., etc.”. Él exclamó: «Bueno, ya veo los huevos rotos. ¿Dónde está la tortilla?». (Memorias de un revolucionario, Ed. Veintisiete Letras,  2011).

Las coincidencias y divergencias entre los dos textos nos parecen altamente significativas. Dado que Bajo el cielo de España fue editado en 1972, es decir, 22 años después del libro de Victor Serge, todo apunta a que Roman habría tenido acceso al texto del autor trotskista y habría puesto en boca de Hemingway palabras que, en verdad, no eran suyas. Si Victor Serge, a su vez, pudo copiar esas misma palabras de otro autor (¿Romain Rolland? ¿El propio Hemingway?) es algo que ni hemos podido demostrar ni nos parece probable.

En relación con las divergencias, nótese que mientras Victor Serge atribuye la frase “no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos” a una pluralidad indeterminada de personas (Le decían…), el Hemingway de Valter Roman se la endosa a un “dirigente” (“demnitar”, en el original rumano). El hecho de que dicha cita haya sido atribuida recurrentemente a Stalin –cualquier lector rumano de los años 70 no habría tenido la más mínima duda sobre la identidad de ese “demnitar”- nos da las claves interpretativas, en el contexto político nacionalista de la Rumanía de esos años: nos encontramos ante una crítica apenas velada a Stalin en que el supuesto estalinista Valter Roman echa mano de una fuente trotskista que, a su vez, camufla poniéndola en boca de Hemingway. [N. de los t.]      
    

3 comentarios:

Bola de Nieve dijo...

La literatura en la epoca soviética es basicamnete esteril, una broma comparandola con sus grandes nombres del XIX. Y lo poco mencionable esta practicamente subyugado a la propaganda, en un tono infantil de blanco o negro, bien o mal, eliminando los miles de matices grises y claro oscuros del autentico arte de la literatura.

Hemingway de haber nacido en la Rusia de estos años hubiera sido otro escritor censurado más, eso con suerte de no ser depurado como otros muchos, como los poetas judios en la Noche de los Poetas Muertos.

No se diferencia mucho la literatura sovietica de la hitleriana, literatura de regimenes fascistas ambos, donde el artista queda silenciado por el fin último del partido. No es de extrañar que en los albores del nazismo Hitler acudia a los mitines comunistas para aprender a de su propaganda que luego utilizaría para atraer a las masas en su favor.

El comentarista censurado

SADE dijo...

Mira, Trola de Mierda, tu comentario no merece la censura -a pesar de que te cuelgues medallitas de perseguido- porque es mucho más útil que leamos todos las memeces que puede decir un lumpenburgués como tú.

Es bueno mostrar el nivel intelectual y cultural de la clase dominante: revela la necesidad de que deje de serlo.

Jose Luis Forneo dijo...

Este tio tiene una bola de nieve en la cabeza. Seguro que no ha leido jamas una obra de literatura sovietica o de los paises socialistas, pero repite que es una mierda porque lo ha visto en la tele.

Decir que Máximo Gorki, Mijaíl Shólojov, Mayakovski, Ilf y Petrov, Kataiev, o tantos otros (haria falta un blog entero) sean representantes de una literatura esteril es propio de un analfabeto que, y así es explicable, a estas alturas de la película sigue creyendose el cuento de la superioridad del capitalismo y de que fascismo y comunismo son lo mismo...

Lo dicho. Encefalograma plano.

Saludos

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