jueves, 10 de noviembre de 2016

Camino a Moscú (La URSS Hoy, Capítulo I, Alexandru Sahia,1934)


Alexandru Sahia nació el 9 de octubre de 1908 en Manastire, en la provincia de Calarasi, y murió en 1937 en la capital rumana, Bucarest. Fue un importante periodista comunista del periodo interbélico, publicando en los principales diarios de la época.

Fue también un activo admirador de la Unión Soviética y militante del Partido Comunista en la clandestinidad, escribiendo el primero de los diarios de viajes al país de los soviets escritos por un rumano, el el describía las increíbles conquistas de la clase trabajadora en aquel país, en 1934: "La URSS Hoy"

Alexandru Sahia moriría con tan solo 29 años a causa de una tuberculosis mal tratada. En 1946, tras la llegada al gobierno tras las primeras elecciones democráticas celebradas en Rumania de la coalición democrática dirigida por el Partido Comunista, se le otorgó el título de "héroe de la clase trabajadora".

A continuación, compartimos la traducción realizada para este blog del primer capítulo del diario del viaje a la Unión Soviética en el año 1934 escrito por Alexandru Sahia,  "La URSS hoy".

LA URSS HOY (Capítulo 1)


CAMINO A MOSCÚ
(Estaciones – Tierra – Hombres).

En la estación de Varsovia caía una lluvia abundante. Era una lluvia turbia de mañana de otoño. Daba la impresión de que debía estar lloviendo en todas las estaciones del mundo.

Apoyé la maleta en una farola del andén y esperé el expreso de Berlín. Junto a mí esperaban otros hombres y mujeres; parecían tener todos cara de tranquilidad, mientras estaban casi todos protegidos bajo paraguas negros. Innumerables veces me pregunté si de verdad ese tren iba hacia Moscú.

Hasta ese momento no había salido apenas de mi país. Solo una vez, hasta Jaffa, pero entonces viajaría en barco, entre marineros, a veces en la cubierta y otras en la sala de máquinas, y no tuve necesidad de cambiar de tren ni de cruzar fronteras. Fueron doce días en el mar, atracando en todos los puertos, regresando en el mismo barco a Constanta, sin ninguna complicación.

Mientras tanto, iban llegando otros trenes, de los cuales descendían hacia la salida de la estación, en huida bárbara, oleadas de hombres.

El expreso de Moscú apareció ruidosamente a través de la cortina de agua, mojado y con las ventanas empañadas. Se detuvo con brusquedad, relajando los muelles y como resoplando por la nariz. El público plurinacional entró aglomeradamente por la puerta, amontonándose con los mozos y los maleteros.

En las estaciones los hombres parecen iguales en cualquier parte del planeta…

Después todo se calmó. En el andén, frente a las ventanas del vagón, se formó una fila de hombres que se despedían de los de dentro bajo los paraguas empapados.

*

Los viajeros con destino Moscú fueron todos agrupados en el mismo vagón. Nos presentamos unos a otros rápidamente. Había cuatro belgas jóvenes, una chica de Argentina, cinco ingleses disfrazados de viajeros de los pies a la cabeza y dos familias alemanas, bastante numerosas, por cierto, que iban en busca de empleo a la Unión Soviética.

En el vagón de los extranjeros, el nuestro, fueron subiendo y bajando también algunos polacos en casi todas las estaciones por las que pasamos.

El paisaje polaco me pareció muy pobre y estéril. Las casas de madera salpicaban las colinas húmedas o se acercaban alineadas hasta el margen de la vía del tren. Las pequeñas estaciones, con jefes serios con capas de plástico, veían pasar fugazmente los trenes veloces. Se quedaban rápidamente atrás, tiritando bajo las gotas frías de la lluvia otoñal. De vez en cuando, los castillos de los latifundistas elevaban sus torres insolentes, confirmando la historia de dominación dictatorial.


*




De la estación de Varsovia partimos a las 10.





A lo largo del pasillo, en una ventana del vagón, con los ojos fijos sobre la campiña, se hallaba una única persona. Los otros viajeros se habían encerrado en sus compartimentos. Se trataba de una señora joven, de silueta fina y delgada, vestida con un abrigo gris, pequeño sombrero estampado con copos de nieve, y guantes de mosquetero. Elizabeth Klewin, que así se llamaba, era pintora, católica y con un gran cariño hacia Polonia. Se dirigía al pueblo, a casa de sus padres, cargada con colores y paletas, para trabajar durante tres semanas. Era una mujer ilustrada y al tanto de la literatura extranjera. Había leído “El bosque de los ahorcados”, de Liviu Rebreanu, sabía que Panait Istrati había traicionado la causa proletaria, y también que en febrero de 1933 tuvo lugar la huelga de Grivita, donde habían sido asesinados muchos trabajadores.





Bajó del tren en una pequeña estación de la campiña polaca, donde la esperaba un joven alto, con botas rojas y gorra. Mientras el tren permanecía en la estación, Elizabeth Klewin subió en una carreta amarilla rural, al lado del joven alto polaco (puede que fuera su hermano).





El tren salió hacia Rusia, hacia adelante, y atrás quedó la carreta amarilla. Elizabeth agitó el brazo como una rama frágil, y después ya no se vio nada más.





*









Mujeres soviéticas, años 30


Permanecí junto a la ventana hasta la frontera. En el cristal estallaban las gotas de lluvia empujadas por el viento. Sobre el campo se extendía una capa gris.





En el pasillo aparecieron dos chavales rubios, con ropa de terciopelo. Uno tenia una pizarrita en la que una mano experta había escrito el alfabeto eslavo. Ellos también miraban por la ventana el campo húmedo y extraño. Sus barbillas, tiernas y blancas, golpeaban ligeramente, con el traqueteo del tren, la parte inferior del cristal. Eran los hijos de la familia alemana que viajaba para buscar trabajo en Rusia. Nos acercábamos a la frontera. Todavía quedaba media hora. A las cinco estaríamos en Niegoroloe, primera estación soviética.





En todos los vagones empezaron a circular oficiales polacos, soldados con carabina al hombro. Miraban atentamente a todas partes y seguían adelante, seguros de sí mismos, golpeándose las botas con las espuelas. En toda Polonia se sentía un aire cuartelero, una presencia de fuerza militar. En las calles de Varsovia te topabas a cada paso con la policía a caballo, la policía en motocicleta, en bicicleta o a pie.





El tren se detuvo en la última estación polaca. Se realizó el control de equipaje y el de visados y pasaportes. La lluvia había parado totalmente. Sobre lo alto del bosque se extendía una banda de un rojo encendido. El verde de la vegetación, con un ligero amarilleo de otoño, con el fondo del atardecer ensangrentado, te sobrecogía como si se estuviera en la frontera entre dos mundos.





¡Qué simbolismo tienen las fronteras! Por ejemplo, la estación polaca era pequeña y blanca como una miniatura. Un soldado polaco, con el arma al hombro, miraba hacia adelante, hacia la tierra soviética. A solo algunos metros se perfilaba la figura del soldado bolchevique, joven también, puede que de unos 21 años. Ambos encontraban sus miradas durante la hora de guardia –aunque la mirada de cada uno se extravíaba, profundizando cuanto mas lejos podía en el territorio de la patria del otro, fuera a lo largo de la vía del tren, a través el denso bosque, o hacia sus alturas. Ante los ojos de ambos guardias se extiendía una pequeña valla de alambre parecida a aquellas que delimitan los arreglos florales: las fronteras.





Así son las fronteras, juegos, simples símbolos. Entre las dos vallas pequeñas se encontraba la zona neutral. El tren salió despacio desde la última estación polaca para pasarnos al otro lado… (estoy seguro que solo con lo que sentía entonces, en el momento del paso de la frontera, podría escribir un libro entero)…





De repente, del lado soviético, sobre la vía del tren se alzó un arco enorme. En su centro colgaba una gran estrella roja con el escudo comunista: la hoz y el martillo. Sobre el frontispicio del arco estaba escrito: “proletarios de todo el mundo, uníos”. El tren nos deslizaba lentamente bajo la cita de Marx.





Donde empezaba el territorio soviético había un pequeño cuartel, probablemente un puesto fronterizo. Los soldados reposaban. ¡Los primeros soldados bolcheviques!... Unos hacían gimnasia en los aparatos, a la izquierda del cuartel; otros cantaban, y el resto bailaba al estilo cosaco. Un inglés espigado, con figura seca, sacando la mitad de su cuerpo por la ventana, miraba con los prismáticos emocionado. Después de que ya no pudo ver más se dirigió hacia nosotros y dijo, colocando los prismáticos en su cadera: “¿Han observado? ¡Todos estaban gordos”!





El tren avanzó un poco más y se detuvo en Niegoreloe. Era una estación moderna y que no tenía nada en común con ninguna otra estación que hubiera visto hasta entonces.





Fuimos invitados a descender sin el equipaje, porque este iba a ser descargado por el personal de la aduana. La sala en que entramos era impresionante, tanto por su tamaño como por su decoración. En las paredes de la izquierda, en dos grandiosos paneles, estaba representado el trabajo de los koljós y de las fábricas. El mapa de la Unión Soviética, de proporciones colosales, ocupaba enteramente la pared del fondo, y alrededor de toda la sala estaban escritas en cinco lenguas diferentes aquellas palabras de Marx: “Proletarios de todo el mundo, uníos”.





Las formalidades fueron rápidas. Por todos los lados se veían jóvenes de hasta 30 años. Resaltaba en todos una cortesía natural, una amabilidad, que te asombraba. Tras el final del control de equipajes, pudimos volver a subir al tren. Todos los vagones tenían camas. En los de segunda y tercera clase había cuatro camas; en la primera clase, solo dos. Mi billete era de tercera clase, por lo que viajaba en el mismo vagón que una de las familias alemanas. Muy pronto, la mujer del alemán empezó a preparar el dormitorio. Mientras tanto, un miembro del personal del tren trajo cuatro colchones, sábanas y almohadas limpias, todas en sacos sellados.





La familia alemana se durmió rápido. Los dos niños rubios estaban vestidos con pijamas azules y acostados en la misma cama. Yo debía dormir en la cama que estaba encima de ellos. Más tarde, cuando entré en el compartimiento, encontré sobre la mesilla, bajo la luz de una lamparilla rosa, la pizarra del niño con el alfabeto eslavo, junto al libro “Urbanismo Soviético”, libro de Koganovich sobre la reorganización socialista de las ciudades de la URSS.





Debía preparar la escalera para subir y hacer ruido. No tenía sueño, así que cubrí a los niños mejor con la manta y salí de nuevo.





El pasillo estaba vació. Solo estaba encendida una bombilla, y las otras se habían apagado. Pegué la frente a la ventana y me protegí los ojos de la luz interior con las manos, para poder ver hacia fuera. El tren corría siguiendo el ritmo de los ruidos uniformes que hacían las ruedas. A causa del tamaño de los vagones tuve la impresión de que debían estar muy cargados. Atravesamos bosques y pasamos por pasos estrechos entre altas colinas. Cuando salíamos a campo abierto la vista se hundía en la noche y la perspectiva se ahogaba en un mar de oscuridad.










Moscú, años 30


A lo largo de la vía se mostraban pequeñas casas en las cuales estaban encendidas minúsculas luces, que desde la ventana del tren, por la velocidad, parecían cuentas de un collar dorado. Por las carreteras que se dirigian a destinos desconocidos, podian verse coches con faros encendidos. Se deslizaban por el terciopelo oscuro como ojos embrujados. Se percibía el peso de la noche y como la oscuridad había penetrado no solo en todos los rincones del tren, sino también en el agua de los rios, en las piedras del campo, en los bosques de Rusia.





Debía de ser tarde; pero estaba decidido a esperar a que la mañana me pillara en la ventana del vagón. Quería ver el amanecer, el primero en las llanuras de Rusia. Muchas veces pasó junto a mí una joven con ropa de piel, boina roja, y un pequeño farol sobre el pecho, como un corazón. Era la jefa del tren.





-¿Por qué no duermes? – me preguntó cuando llegó a mi lado.





-Quiero ver al sol nacer – la respondí.





La chica sonrió y siguió adelante.





Todas las puertas de los compartimentos estaban cerradas. Fuera parecían distinguirse los rastrojos, la gran extensión de matorrales, y la silueta de los árboles a lo largo de la vía. En una estación en la que nos detuvimos pude ver, con la ayuda de la iluminación, los retratos de Lenin, Stalin, Vorosilov, Molotov o Koganovich, dibujados en tela, a veces incluso a tamaño natural. La tela roja de las banderas ondeaba con la brisa del otoño.





Se abrió la puerta de un compartimento. Apareció una cabeza de mujer despeinada, con el cigarro entre los dientes, que me preguntó donde estábamos. No supe que responderla. Habíamos parado en innumerables estaciones pero solo me acordaba de Minsk, la capital de la Rusia blanca.





La cabeza despeinada cerró la puerta de nuevo.





Apareció de nuevo la chica que tenía un farol como corazón. Se puso a mi lado y estuvimos mirando ambos por la ventana del vagón. La luz del farol estorbaba y no podíamos ver apenas un metro más allá de la vía. Entonces, se lo descolgó del pecho. Estuvimos uno junto al otro, hombro con hombro. La mirada de esta muchacha, que no tenía ni 24 años, segúia con ganas el rastro de la tierra soviética, que se extendía sin fin, negra y arada por los tractores. Podía ser que sus ojos hubieran estado así cientos de veces, escondidos tras el cristal, observando los bosques, los blancos campos, las colinas de Rusia. Me dijo, pegando su frente a la ventana:





-Mira, todas las nubes van desapareciendo, no has perdido la noche inútilmente. Vas a ver el amanecer del sol bolchevique- Sonrió, se colgó de nuevo el farol en la ropa, y continuó.





-De hecho, el sol, en esta región, no es tan interesante. En el norte de Siberia, hacia Murmank, el sol está días enteros en el cielo sin que anochezca. Allí se le ve girar describiendo un círculo. Ayer mismo leí en “Pravda” que en una región ártica los paisanos extienden cuerdas desde sus casas hasta la orilla del agua. Esto para que cuando tengan tres meses de noche continua puedan llegar sin equivocarse hasta el agua, agarrándose a la cuerda.





-¿Has ido alguna vez por allí?-, pregunté.





-No. Yo soy del Caúcaso, cerca de Tibilis. Soy de la región del camarada Iosif Visarionovich





-¿Joseph Vissarionovich ? Pregunté yo





-¡Si! Joseph Vissarionovich , ¿No has oído hablar de él?





-¡No!






Los negros ojos de la jefe del tren me miraban con incredulidad.





-¡Cómo!, ¿tu no has escuchado hablar de Joseph Vissarionovich Stalin?





-¡Ah!, del camarada Stalin sí, pero como lo has llamado tu, Vissarionovich , lo oigo ahora por vez primera.





-Vissarionovich es el apellido de su padre, zapatero del Caúcaso, y nosotros los bolcheviques así le llamamos, Joseph Vissarionovich . Las delegaciones de los koljos o de los trabajadores, todo el mundo le dice así al querido y amado Joseph Vissarionovich. Igual al camarada Kalinin, presidente de las repúblicas soviéticas: no nos referimos a él salvo como Mihail Ivanovich, así nos hemos acostumbrado con el tiempo.





El tren paró en una estación más grande y mi acompañante desapareció rápidamente.





Me maravilló esta chica. Libre, con total fe en sí misma, amistosa, ganándose la vida desde joven. Se ganó mi respeto mas sincero.





Al pasillo salió después la muchacha argentina, Luzana del Pió. La jefa de tren volvió y le presenté a la argentina. Estábamos los tres ante el hueco de la ventana. Luzana del Pió miraba con gran curiosidad a la trabajadora soviética. Paseaba sus ojos por su ropa de piel, por la boina roja o sobre el pequeño farol colgado sobre su pecho.





-¿Usted es la cuidadora del tren?-, preguntó la americana en un ruso horrible.





-No, soy la jefe de tren, respondió la chica soviética con claridad-. Luzana del Pió la seguía mirando con curiosidad.





-Así es, aquí las mujeres pueden ocupar cualquier función, si son capaces de ello. Hay camaradas que dirigen fábricas con miles de trabajadores, hay diputadas, presidentes de Koljoj, aviadoras. Nos hemos liberado del todo y somos iguales a los hombres-, aclaró.





Mientras tanto, fuera se entremezclaban el día y la noche. En el horizonte, el cielo parecía romperse, enrojeciéndose. Entramos en un bosque de hayas, con descampados grandes donde se veían montones de madera, ordenados en líneas.





El campo se fue iluminando pausadamente y a lo lejos el sol apareció como la mitad de una rueda de tractor al rojo vivo, hincada en la tierra. Flechas de fuego eran lanzadas desde la espalda del arco en ascuas, desgarrando el cielo. La campiña rusa se mostraba infinita a los pies del sol. Allí donde las cuchillas de los tractores cortaron la hierba con esperanza, la tierra se presentaba como en rebanadas negras, ordenadas una junto a otra.





El sol se movía lentamente sobre la orilla del mundo, donde da la impresión que daba paso al precipicio. Se elevaba poco a poco, completando a cada momento su disco en formación.





En los pueblos más cercanos a la vía del tren se empezaban a ver grupos de niños con mochilas a su espalda, dirigiéndose a la escuela. Un caballo, que seguramente se había escapado de los establos del Koljós, galopaba ágil con las crines iluminadas por los rayos del sol sobre los campos cultivados. De hecho, desde el tren, a grandes líneas, se podía leer un poco la vida en los koljos.





Veíamos hombres con sus botas, vacas en los patios de los campesinos, el maíz amarillo por entre los tablones de los almacenes, espaciados para que los pudiera secar el viento. Algunas iglesias ya no tenían cruces, y en su vértice ondeaba una bandera roja. Era el signo de que la iglesia había sido transformada en un centro cultural, una escuela o en un simple almacén.





En muchos pueblos, sin embargo, las iglesias seguían manteniendo su cruz.





En una de las estaciones encontramos a muchos campesinos y campesinas, a niños con flores en las manos y a grupos de música formados por los koljós, preparados para cantar a la primera señal.





Debía llegar desde Moscú un escritor que, según logré enterarme después, era Solojov.





En los muros de las estaciones estaban colgados diferentes citas de Lenin, Stalin, Molotov, o de otros de los principales líderes bolcheviques. Grandes diagramas mostraban los logros alcanzados en el sector de los transportes en los dos primeros planes quinquenales. La mayoría de las estaciones eran nuevas o estaban en proceso de construcción.





Nos acercábamos a Moscú.





Se veía a lo lejos la difuminada silueta de la ciudad, el humo, las chimeneas de las fábricas y las torres, las incontables torres de las iglesias con cruces de oro, sobre las que se veían ondear las banderas rojas. Largos trenes o simples balancines pasaban a nuestro lado a su máxima velocidad. Nos encontramos con equipos de obreros llevando toda clase de herramientas. Pasamos por debajo de impresionantes puentes suspendidos. Las vías de tren se fueron multiplicando conforme nos acercábamos, convirtiéndose en un gran campo de raíles, a cuyos lados iba apareciendo la ciudad de Moscú.






Moscú, estacíon






Todos los viajeros se agolparon en los pasillos del tren mirando con ganas los primeros edificios de la capital soviética. Los bloques nuevos se alineaban ordenados junto a las casas antiguas, coquetas y verdes, dejando huecos para parques grandes y pequeños, siempre llenos de niños.





La estación de Moscú en la que acabamos el viaje era impresionante. Una multitud inmensa corría por todas partes. Serían las 11.





Al final de la vía, de donde partían todos los trenes, se encontraban los bustos de Lenin y Stalin grabados en la piedra.





En el andén nos esperaban los representantes de Intourist, con sus coches al final de la escalera. El inglés alto y con los prismáticos en la cadera me propuso ir andando. Acepté. Nos quedamos solos en las escaleras de la estación. Hacía un sol cálido de otoño y la animación de la calle nos asustó un poco.





Todo el mundo se apresuraba, iba hacia algún lugar que nosotros desconocíamos. Nos imaginamos que el grupo de obreros iba hacia la fábrica con su mono de trabajo, que la chica en manga corta y con la raqueta en la mano se dirigía a la pista de tenis, las camionetas con niños saldrían hacia el campo o puede que volvieran de la escuela.





Caminamos, no sin emoción, por este hormiguero de gente que corría y corría, a veces en tranvía, otras con autobuses o trolebuses.





Frente a un quiosco de periódicos nos detuvimos.





Ambos con el mismo pensamiento, pedimos “Pravda” e “Izvestia”. Los tomamos, los ojeamos, abrimos todas sus páginas, y al final, después de haberlos doblado con cuidado, los metimos en nuestro bolsillo.





En la primera esquina de la calle nos paramos de nuevo. Se demolía una iglesia. Una iglesia bastante grande, sin interés artístico alguno. Dos torres habían caído ya hasta ese momento, y de la tercera solo había desaparecido el tejado. Un equipo de obreros, subidos en el cuerpo de la iglesia, trabajaba con dedicación. Utilizaban aparatos eléctricos como los que rompen el asfalto de las calles. Trabajaban con provecho; de cuando en cuando se escuchaban gritos cortos de aviso, tras los que caían unos cuantos pedazos de muro, precipitándose hacia el suelo, chocando contra el suelo con gran estruendo.





Era el más novedoso espectáculo que había visto hasta ahora. Los viandantes seguían por su camino, sin interesarse en él. Nosotros permanecimos mirando como únicos espectadores.





El inglés me preguntó que religión profesaba. Tenía el rostro sudoroso y parecía emocionado. Le respondí que, por nacimiento, cristiano-ortodoxo.





-¡Como ellos!-, dijo él





-¿Quiénes?





-¡Los rusos!...





-Como los viejos rusos-, completé yo - porque los nuevos, ¡míreles que hacen!





-Yo soy protestante-, añadió sin que yo le preguntara nada.





Mientras tanto nos fuimos adentrando un poco más en el corazón de Moscú. El amistoso sol de los primeros días de septiembre hacía que brillaran con fuerza las cruces de las torres de oro, sobre las que se alzaban las banderas rojas ondeantes.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Comunicado de RBC con motivo del aniversario de la Revolución de Octubre: !Viva la Revolución de obreros, soldados y campesinos!

El 25 de octubre de 1917 del calendario ruso, 7 de noviembre en el calendario occidental, los trabajadores soviéticos tomaban el poder y lo ponían en manos de los soviets. El Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado, integrado por los camaradas Sverdlov, Stalin, Bubnov, Utritski y Dzerzhinski, hacía la siguiente proclamación: 


Desde aquel momento hasta la actualidad, los ladrones capitalistas, canallas terratenientes y párasitos burgueses no pueden más que temblar con la sola mención de las palabras Revolución o Comunismo y con la mera posibilidad de que los trabajadores se emancipen de su dictadura y vuelvan a tomar el control de su trabajo y de la riqueza producida para su propio beneficio y bienestar, tal y como sucedió entonces.


Hace noventa y nueve años, en los días previos a aquella fecha gloriosa, aquel Comité Militar Revolucionario ya estaba preparando (desde el 29 de octubre de aquel año, 17 de octubre del calendario ruso) el alzamiento de obreros, campesinos y soldados contra el gobierno provisional, cuyo triunfo llevaría a construir un estado que cambiaría la historia del mundo y de la clase obrera mundial: el primer estado construido por los trabajadores, la República Soviética de Rusia (poco tiempo después, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). 

La Red de Blogs Comunistas celebra y conmemora el aniversario de aquel acontecimiento revolucionario que cambió la historia del mundo y demostró que los proletarios de la tierra pueden convertirse efectivamente en aquello que Marx demostrara era su principal función histórica: sepultureros de la burguesía. 

Hoy, a pesar del retroceso que ha representado la restauración capitalista en la Unión Soviética y en la R.P. China, producto del triunfo de la burguesía y su ideología revisionista en la lucha de clases dentro del Socialismo, la toma del poder por los trabajadores rusos en noviembre de 1917, ilustrada en el decreto del Comité Militar Revolucionario que acompaña a esta entrada, ha de servir de ánimo para redoblar la esperanza de los oprimidos del mundo entero en que el mundo sin explotación del hombre por el hombre, el comunismo, está al alcance de nuestras manos, aunque para ello haya que superar los enormes los obstáculos e impedimentos históricos impuestos por el capitalismo, y levantarnos, recogiendo la bandera roja, tras cada aparente derrota, hasta la victoria final.

Desde la Red de Blogs Comunistas (RBC), como aquel 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre en el calendario juliano) hiciera el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado, aclamamos:



!Viva la Revolución de los Obreros Soldados y Campesinos!

El candidato socialdemócrata gana el primer turno de las elecciones presidenciales en República Moldova

El primer turno de las elecciones presidenciales de República Moldova ha clarificado quienes serán los dos candidatos que se enfrantarán en la "fase final" de las elecciones que la oligarquía ha organizado en la antigua república soviética. El candidato que ha recibido más votos ha sido el socialdemócrata Ion Dodon, con un 48,3%, seguido de la liberal Maia Sandu, con un 38,4%.

Imagini pentru ion dodon maia sandu
Maia Sandu y Igon Dodon, la burguesía se pelea por el control de Moldavia
El Partido de los Comunistas de República Moldova, liderado por Vladimir Voronin, presidente del país desde abril de 2001 hasta septiembre de 2009, ha boicoteado las elecciones tras lo que considera un ilegal cambio constitucional para que se elija al Jefe del Estado de forma directa, siendo hasta las anteriores elecciones nombrado por la mayoría parlamentaria.

Las votaciones del segundo turno del circo electoral será el próximo día 13 de noviembre, una cita que poco va a cambiar la vida de los trabajadores rumanos, pues se trata de elegir entre capitalismo o capitalismo, como en cualquier elección de una democracia burguesa.

Las diferencias entre los dos candidatos a la presidencia son nimias. Mientras Ion Dogon se pone la etiqueta de "socialdemócrata", es decir, maquilla un poco su apuesta firme y única por el régimen de propiedad capitalista, que como decían ya Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, es la cuestión fundamental en la que hay que poner el acento, Maia Sandu no duda en defender el sistema capitalista que ha llevado a los moldavos al límite de la desesperación y al saqueo del país por parte de la oligarquía local, después del robo del banco nacional que dejo el tesoro público totalmente vacio (link).

Por otro lado, Maia Sandu defiende el acercamiento hacia la Unión Europea mientras Dodon hace lo propio con la Unión Euroasíatica, en el marco del conflicto interimperialista creciente que se produce por el control de las zonas de influencia y de los recursos económicos entres los bloques imperialistas que están configurando la realidad geoeconómica actual. En todo caso, ni uno ni otro defienden, por supuesto, pues se trata de la burguesía oligárquica en ambos casos, la lucha real contra la corrupccion, las desigualdades abismales entre las clases sociales o, ni mucho menos, contra sus raices reales: el sistema capitalista y sus bases en la propiedad privada de los medios de producción y, de hecho, del propio gobierno, dominado y controlado, incluso elegido indirectamente, por las grandes corporaciones monopolísticas.

Es evidente por qué el PCRM de Voronín, a pesar de que durante su gobierno no llevó a cabo política socialista alguna y más bien se autocondenó electoralmente haciendo políticas socialdemócratas tras la fachada de la bandera roja,  ha afirmado que no va a apoyar ni a uno ni a otro bando, pues ambos representan prácticamente lo mismo: más capitalismo, más sometimiento del país a unas corporaciones monopolísticas propias del capitalismo imperialista u a otras. En todo caso, es evidente que si el candidato socialdemócrata gana la presidencia de Moldavia será un duro golpe para los intereses de la U.E., aunque también hay que recordar que el Partido de los Comunistas de RM, que también era acusasado de depender de Moscú,  no dudó en ningún momento en apoyar a los movimientos de acercamiento a las instituciones europeas o, incluso, de que el ejército moldavo colaborara con la OTAN. Los intereses de la oligarquía local siempre primarán a cualquier otro mientras existan las diferencias de clase en las que se basa asientan los regímenes capitalistas.

Imagini pentru moldova alegeri
Curiosamente, los dos bandos se acusan mutuamente de servir al imperialismo enemigo: los liberales prooccidentales acusan a Dodon de estar financiado por Rusia; los socialdemócratas prorrusos afirman que Maia Sandu recibe financiación de Estados Unidos y la U.E. Mientras tanto, ambos bandos, como sucede en cualquier país capitalista, hacen negocios comunes y, a pesar de su apoyo a un bloque o a otro, sirven, principalmente, como todo burgués, principalmente a sus propios intereses económicos.

Todo ello a pesar de que los "sofistas", como los denomina Lenin en El Imperialismo, fase superior del capitalismo, se posicionan de un lado u otro, alegando que "las formas" de uno son "más pacíficas", "menos agresivas", o cualquier otra excusa para esconder su posición antimarxista. Mejor dar la palabra creador del marxismo-leninismo para deslindar los límites entre los oportunistas traidores al marxismo y el concepto marxista-leninista de imperialismo capitalista, en el que la forma más o menos agresiva de un determinado estado o bloque de estados de aumentar su influencia o injerencia económica en el mundo, si dichos cambios son únicamente económicos o se usa o no la agresión bélica con mayor o menor intensidadad, es, para el líder soviético, "una cuestión secundaria que no puede hacer variar en nada la concepción fundamental sobre la época actual del capitalismo":

"Los capitalistas reparten el mundo, no como consecuencia de su particular perversidad, sino porque el grado de concentración a que se ha llegado les obliga a seguir este camino para obtener beneficios; y se lo reparten "según el capital"; "según la fuerza"; otro procedimiento de reparto es imposible en el sistema de la producción de mercancías y del capitalismo. La fuerza varía a su vez en consonancia con el desarrollo económico y político; para comprender lo que está aconteciendo, hay que saber cuáles son los problemas que se solucionan con el cambio de las fuerzas, pero saber si dichos cambios son "puramente" económicos o extraeconómicos (por ejemplo, militares), es una cuestión secundaria que no puede hacer variar en nada la concepción fundamental sobre la época actual del capitalismo. Sustituir la cuestión del contenido de la lucha y de las transacciones entre los grupos capitalistas por la cuestión de la forma de esta lucha y de estas transacciones (hoy pacífica, mañana no pacífica, pasado mañana otra vez no pacífica) significa descender hasta el papel de sofista" (Lenin, El Imperialismo, fase superior del capitalismo)

viernes, 28 de octubre de 2016

"Tu nombre significa pan, paz, libertad", poema dedicado a Stalin por una trabajadora rumana

El triunfo del Ejercito Rojo en la Segunda Guerra Mundial contra el capitalismo y el nacimiento de la República Popular Rumana provocaron una ola de entusiasmo entre los trabajadores rumanos, que se entregaron a la transformación de la sociedad y a construir el Socialismo.

Scanteia, 4 de diciembre de 1949
En aquellos años el diario Scanteia (La chispa), periódico del Partido de los Trabajadores Rumanos (PMR), nombre adoptado entonces por el Partido Comunista tras la alianza con el resto de partidos democráticos, publicó muchas de las muestras de aquella euforia de la clase trabajadora, emancipada y dispuesta a participar en la dirección y el avance hacia el comunismo de su país.

El siguiente poema fue publicado el 4 de diciembre de 1949, y muestra el agradecimiento de una trabajara textil rumana, en representación de los trabajadores rumanos, en especial de las mujeres, a sus hermanos y hermanos soviéticos, que abrieron el camino en octubre de 1917 para la liberación de los trabajadores de todo el mundo y, por ende, al hombre que encarnaba y representaba tanto sus esfuerzos como su victoria, y cuyo nombre, como afirma la autora, la obrera Petra Dițu, significó para millones de obreros y campesinos rumanos "pan, paz y libertad".

TU NOMBRE SIGNIFICA PAN, PAZ, LIBERTAD
(Petra Duțu, trabajadora textil)

Mi amor es demasiado grande
"Por la paz", obra del rumano Jules Perahim, de 1950,  que representa
el afecto de los trabajadores de todo el mundo a la
Union Soviética y a Stalin
para que entre en una pequeña carta.
Un manojo de mi amor, algunas líneas,
palabras latentes bajo millones de ideas.

Para que todo lo que yo siento entre en un escrito
me harían falta gigantescas fábricas de papel,
libros enormes, que no cabrían en decenas ni en miles de bibliotecas.

¿Hablarte sobre el pasado?
Es demasiado negro, como tú sabes.
Ha dejado huellas profundas, caras crispadas,
no se pueden olvidar fácilmente, aunque estén curadas hoy.

Como yo, mucho han sufrido millones de mujeres
hasta la llegada del día de la alegría.
El gran júbilo que nos trajo tu ejército
que nos ofreció el Partido,
conquistando la libertad sobre los muros de las cárceles derribadas.
Nos lo dio tu lucha al frente de millones de trabajadores,
camarada Stalin.

Camarada Stalin,
para mí tu nombre significa
pan, paz, libertad
significa el futuro de mis hijos.
¿Te escribo sobre mí,
sobre la mujer que no ha sabido de libros
de la mujer que ha vivido pisoteada?

No; hoy te escribo sobre la mujer nueva, combativa,
sobre la mujer trabajadora, invencible,
que maneja la manivela, el arma
con la que supera la producción planificada.
Y los hechos crecen, la victoria se alza,
forjando para mi república, con mi trabajo, 
una nueva vida.

Mis actos, mi felicidad,
la patria, el partido, la libertad,
tú me enseñaste a amarlos,
a defenderlos, a honrarlos.

Camarada Stalin,
con motivo de tus 70 años de lucha
te envío esta carta.
La he llenado con mi reconocimiento,
con el amor de una madre que combate
por la victoria de la paz entre los pueblos.

La traducción es de Un Vallekano en Rumania (VKR)

domingo, 23 de octubre de 2016

Mapa figurativo del Bucarest de finales de los setenta

El "Mapa figurativo de Bucarest" del que hablamos en esta entrada nos muestra los principales edificios y lugares de interés de la capital rumana en la época de su realización, que, según los monumentos que aparecen representados, debe de ser la de los inicios de la Republica Socialista de Rumania, en los años 70, tras la construcción del Hotel Intercontinental, en 1971, pero antes de la construcción de la Casa del Pueblo, que no aparece en el mapa, y que se empezó a elevar en 1983.

Imagini pentru bucurest socialistaSea como fuere, el mapa nos muestra todos los puntos reseñables de la capital de la República Socialista Rumana, incluyendo algunas de las principales fábricas de la capital, que el comunismo había convertido en base importante del desarrollo de la nación (y que hoy son en su mayoría solo ruinas), y de las que tanto el partido como los propios trabajadores estaban orgullosos. Ademas, se marcan  los barrios que habían sido convertidos recientemente en lugares de residencia, modernos y con todos los servicios necesarios, dentro del plan de vivienda socialista que persiguió desde el principio garantizar a todos los trabajadores una vivienda digna y accesible con acceso a todas las necesidades básicas: alimentación, cultura, trabajo, deporte y ocio.

Tambien aparecen los centros deportivos, actividad bien cuidada por el Socialismo rumano como parte integral del desarrollo del trabajador, además de los monumentos históricos del centro de Bucarest. Como se puede apreciar, los edificios y lugares reseñados son todos civiles, y no aparece ninguna torre de iglesia, tradicional símbolo de la explotación de la burguesía, que, en todo caso, deben interesar solamente a los creyentes, y no ser financiados ni publicitados por el estado (es decir, se trata de un mapa laico).

Aunque se trate de un mapa ya antiguo, puede servir todavía de guía a los interesados en visitar Bucarest y, especialmente, a los que quieran rescatar la Rumania de antes del golpe de estado de diciembre de 1989. La estructura de la ciudad sigue siendo hoy prácticamente la misma, con la diferencia de que de la mayoría de las fábricas socialistas solo quedan escombros, de que las infraestructuras y los servicios están bastante peor cuidados ,y de que, sobre todo, un elemento esencial del paisaje de la Rumania capitalista sean los pensionistas mendigando en las calles o que existan cientos de hombres viviendo en las alcantarillas (ambas cosas impensables en la Rumania Socialista, igual que el mismo concepto de desempleo o que más de tres millones de rumanos hayan huido del país para poder tener un trabajo, después de la destrucción de 4 de los 8 millones de puestos de trabajo existentes en 1989).

Pulsar en la imagen para ampliar.

Los edificios y lugares que aparecen en la leyenda son los siguientes:

1-Comité Central del Partido Comunista, Consejo de Estado y Sala Palatului (lugar que se utilizaria despues como lugar de reunion de la Gran Asamblea Nacional).
2-Consejo de Ministros (gobierno)
3-Gran Asamblea Nacional (antiguo Palacio de la Patriarquia ortodoxa, utilizado tras la instauracion de la R.P.R. como parlamento)
4-Universidad de Bucarest
5-Teatro Nacional
6-Television Rumana
7-Casa Scantei (edificio regalado por el gobierno sovietico similar al de la Universidad Lomonosov de Moscu)
8-Opera rumana
9-Circo estatal
10-Museo de Historia de la Republica Socialista de Rumania
11-Museo de Historia del Partido Comunista Rumano y del movimiento revolucionario y democratico de Rumania.
12-Museo Enescu
13-Corte Vieja (antiguo Palacio de los domnitores de Valaquia)
14-Arco del triunfo
15-Monumento de los heroes de la lucha por la libertad del pueblo y la patria y por el Socialismo 16-Monumento a los heroes de la patria
17-Museo de los pueblos de Rumania
18-Aeropuerto Baneasa
19-Gara de Nord (estacion central de ferrocarril)
20-Ministerio de Transportes (Palacio CFR)
21-Fabrica de Confeccion y Tricotaje "Bucaresti"
22-Fabrica "Republica"
23-Fabrica "23 de agosto"
24-Fabrica "Automatica"
25-Hospital Fundeni
26-Hospital de neurocirujia "Gheorghe Marinescu"
27-Centro Comercial "Unirea"
28-Centro Comercial "Obor" y mercado Obor
29-Recinto de Exposiciones "Scanteia"
30-Hotel Dorobanti
31-Hotel Intercontinental
32-Parque Cismigiu
33-Sala de deportes Floreasca
34-Sala Polivalente deportiva del Parque Tineretuli (de la Juventud)
35 a-Estadio del Dinamo de Bucarest
35 b-Estadio Nacional "23 de agosto"
35 c-Estadio "Republica"
36 a- Nuevo barrio residencial de Drumul Taberei
36 b- Nuevo barrio residencial de Soseaua Giurgului
36 c- Nuevo barrio residencial de Berceni
36 d- Nuevo barrio residencial de Balta Alba
36 e- Nuevo barrio residencial de Colentina Pantelimon

Por ultimo, y para completar la visión de la Bucarest de finales de los años 70, a continuación se podrá ver un video con imágenes de la ciudad, con algunos de los edificios que aparecen en el mapa:

viernes, 21 de octubre de 2016

Discurso de Alexander Batov, representante del Komsomol (b) en la reunión de la juventud comunista en Grecia

El siguiente discurso fue pronunciado por Alexander Batov, representante del Komsomol (bolchevique),  de la Juventud Revolucionaria Rusa (b), las juventudes del Partido Comunista Obrero Ruso,, en el seminario que reunió a la juventud comunista en Grecia el pasado 23 de septiembre, con el tema "Compartiendo experiencias de lucha contra la barbarie capitalista. El papel de la vanguardia".

!Estimados compañeros!

Les damos las gracias, en primer lugar, por la invitación al seminario. Este
es un evento importante para nosotros.

Nos gustaría compartir con ustedes nuestras experiencias y opiniones acerca de la situación en Rusia. Algunas organizaciones comunistas de Europa tienen una concepción errónea al pensar que la Rusia burguesa moderna tiene algo que ver con la Unión Soviética, que el presidente Putin está inmerso en una lucha anti-imperialista contra los EE.UU. y la Unión Europea,

De hecho, Rusia tiene algunas contradicciones con otros países, pero mucho más en común: comparten sistema económico, el capitalismo.

En Rusia hay un proceso de política anticomunista. Aunque es verdad que las autoridades rusas no han destruido demasiados monumentos soviéticos, en el plano ideológico si que han desplegado una campaña anticomunista masiva. Lo vemos en las películas financiadas por el estado, en los libros, los medios de comunicación. Donde la propaganda anticomunista directa es ineficaz, se utilizan otros métodos. Por ejemplo, debido a una actitud generalmente positiva hacia Stalin en la sociedad rusa, la propaganda burguesa lo presenta como a un monarca, un nacionalista ruso, un hombre religioso, etc. Nuestra organización intenta llevar a cabo diferentes acciones para dejar al descubierto las descaradas mentiras.

 Por ejemplo, los activistas de la Unión de Juventudes Comunistas, en Leningrado y otras ciudades, realizan campañas de pegada de carteles en el transporte público con citas reales de Stalin. También proponemos una campaña contra el cambio de nombre de las estaciones de metro, llamadas así en honor de los activistas bolcheviques.

Pero la burguesía sigue avanzando sin pausa. Este año en San Petersburgo, el Ministro de Cultura de Rusia, Vladimir Medinsky. del partido gobernante Rusia Unida, inauguró una placa en memoria del presidente de Finlandia, Carl Mannerheim, cómplice de Hitler, que ordenó a las tropas finlandesas llevar a cabo un bloqueo de Leningrado, por su zona norte, que mató a millones de ciudadanos soviéticos.

Al mismo tiempo, mientras las autoridades en términos generales cada año celebran el Día de la Victoria el 9 de mayo, la esencia de la Segunda Guerra Mundial, su carácter de clase, el papel del Socialismo y el Partido Comunista para vencer al fascismo, son completamente ignorados y censurados.

En los últimos años, en especial debido a los deseos del capital ruso, se utilizan activamente los símbolos soviéticos para alcanzar sus objetivos de política interna e internacional. Esto está bien ilustrado por la preparación del Festival Mundial de la Juventud y de los Estudiantes que se celebrará en Rusia en octubre de 2017. El Comité Nacional Preparatorio de Rusia está dominado por los estudiantes progobierno y otras organizaciones anticomunistas, mientras que el Konsomol (b) es la única organización de Rusia que aboga por la naturaleza progresista del festival, y lucha contra los intentos del gobierno y de la burguesía de tranformarlo en un escaparate del imperialismo ruso. El gobierno tiene la intención de que el evento promueva las ideas de "colaboración de clases" y "un mundo multipolar", con el objetivo de que la juventud rusa consolide el régimen capitalista que sufrimos, así como para servir a los intereses de política exterior de la oligarquia capitalista. .

En general, las condiciones de la lucha de clases en Rusia son duras, sobre todo después de las recientes elecciones parlamentarias. El nuevo parlamento ha girado todavía más hacia la derecha, se ha vuelto más reaccionario, tras obtener el partido gobernante una nueva mayoría.

El poder está elaborando activamente nuevas leyes represivas, que en el futuro podrían afectar a nuestro partido. Sin embargo, nosotros, los comunistas, no tenemos ninguna intención de abandonar abandonar la lucha.

!Vamos a luchar contra el régimen burgués cualquiera sean las condiciones!

Atenas, 23 de Septiembre de 2016

jueves, 20 de octubre de 2016

Tres hermanos rumanos en las Brigadas Internacionales

Se puede decir que el caso de los hermanos Minor es el único en la historia de las Brigadas Internacionales, junto con el de los daneses, Herald, Kay y Aage Nielsen, en el que tres hermanos, miembros de una misma familia, lo dejaron todo en su país para marchar a España a combatir el fascismo. Todo un ejemplo de solidaridad internacionalista para la indiferente, desmovilizada e individualista juventud actual por parte de unos jóvenes comunistas que no dudaron en viajar a más de 3000 kilómetros de su familia para luchar contra la amenaza a la humanidad que era y es el fascismo.

Los rumanos Danila, Alexandru y Iosif Minor nacieron en una familia minera, en la zona montañosa de Hunedoara, y desde su juventud tuvieron una actividad sindical y política dentro de los movimientos comunistas.

Su padre, Iosif Minor, fue un minero de la región de Lupeni y Vulcan, y junto a su mujer Iuliana, llevaron una vida difícil llena de privaciones. Tuvieron 8 hijos (siete varones y una niña), y el primero de ellos cayó en los combates de la Primera Guerra Mundial, en la que fueron obligados a participar millones de trabajadores para defender los intereses de las diferentes oligarquías locales.

La infancia de los hermanos se desarrollaría entre vagonetas de carbón que desfilaban continuamente frente a sus ojos curiosos de niño. Allí serían testigos de una de las primeras huelgas masivas de la historia de Rumania: la huelga minera de 1920 de Lupeni, envuelta en el espíritu revolucionario que agitaba a la clase obrera internacional tras el triunfo reciente de la Revolución Bolchevique en Rusia.

En 1925, su padre, después de 30 años de penurias en su trabajo, es obligado a jubilarse debido a una enfermedad, trasladándose la familia al corazón de Transilvania, la ciudad de Targu Mures, con una pensión que apenas la da para sobrevivir a él y su familia. Los hijos se encuadran rápidamente en las filas de diferentes movimientos revolucionarios, participando en las clases clandestinas desarrolladas por las juventudes comunistas o los sindicatos donde se estudia, se debate y se leen las obras fundamentales para la emancipación de los trabajadores.

En Targu Mures, los hermanos participan en las huelgas y otros actos de agitación realizados como respuesta ante la creciente represión al movimiento obrero por las fuerzas de seguridad rumanas, como el ataque a la residencia estudiantil de Timisoara por parte de la policía en 1929. Trabajan en diferentes fábricas de la localidad, y el hermano pequeño, Danila, sería arrestado en dos ocasiones tras convertirse en miembro de la UTC (Unión de Jóvenes Comunistas).

Imagini pentru brigadistas rumanos
Grupo de brigadistas internacionales rumanos
en España
En 1930, los tres hermanos que acabarían jugándose la vida por la libertad del pueblo español contra el fascismo, se trasladan a Bucarest, tras la prohibición en 1929 de los Sindicatos Unidos y perder el trabajo en Targu Mures. Allí se instalan en el barrio obrero de Tonola, donde las condiciones de vida eran insalubres e insanas, como las de todos los trabajadores rumanos hasta la proclamación de la República Popular en 1948.

Tras el golpe de estado fascista contra el gobierno de la República en España, y el estallido de la Guerra Civil, denunciada por el Partido Comunista de Rumania como una "guerra nacional-revolucionaria", llevando a cabo campañas constantes de apoyo y solidaridad con el pueblo español, los tres hermanos Minor intensifican su actividad militante, participando en las organizaciones juveniles comunistas.

Entre 1937 y 1938 los tres manifestarán su interés de viajar a España a luchar contra el fascismo que, como se vio poco más tarde, no era solo un peligro local para los pueblos españoles, sino para toda Europa, también para Rumania (en la que el terror de la Guardia de Hierro estaba ya extendido en el país y el rey Carol II a punto de instaurar una dictadura real con el gobierno del genocida Mariscal Antonescu, pelele, como Franco, de Hitler y Mussolini).

Lo curioso es que ninguno de los tres hermanos supo que los otros dos también iban a ir a luchar a España, hasta que se reencontraron tras su regreso a Rumania, una vez derrotado el gobierno fascista del rey Mihai I y el Mariscal Antonescu e instaurada la República Popular Rumana.

El primero en llegar a España fue Alexandru. Como había realizado, como sus hermanos, el servicio militar en Rumania, todos en batallones disciplinarios por sus actividades dentro del movimiento obrero, fue enviado nada más llegar a París a la primera linea del frente. Durante la primavera de 1938, las fuerzas fascistas asaltaban, con su fiereza propia de bestias, los territorios republicanos del frente de Aragón y Levante.  En este contexto, llegará Alexandru a primera línea, donde participará en la defensa de Lleida, encuadrado en la Brigada XIII, y en los combates del frente de Levante. Allí seria herido y trasladado al hospital de Vich, donde sería atendido por otro voluntario rumano, el doctor Iancu.

El segundo en llegar fue Danila que, después de estar un tiempo trabajando en las instalaciones ferroviarias en Craiova, ciudad del sur de Rumania, volvió a Bucarest para solicitar su envío a España. Allí sería encuadrado, teniendo experiencia con el uso de ametralladoras, en el Batallón Divisionario, y enviado al Delta del Ebro, a la localidad de Tortosa. En los combates Danila caería herido por un obús, y sería enviado urgentemente al hospital donde estaba su hermano Alexandru. El mismo cuenta que: "fue grande mi sorpresa cuando, tras los primeros auxilios, vi a mi hermano en otra camilla cercana, herido en otro frente. Nuestra alegría fue inmensa".

Foto de la familia Minor
El tercer hermano, Iosif Minor, llegaría un poco más tarde a España, y la emergencia de la situación hace que, apenas sin perder tiempo alguno, sea enviado a Sierra Caballs, en el frente del Ebro.  Sin embargo, pronto es reubicado al servicio de vigilancia de los prisioneros fascistas que, como el mismo escribíó, "no solo caían en nuestras manos en los combates, sino que se entregaban hambrientos y harapientos, desmoralizados y presos del terror por los propios actos de los suyos".

Tras la retirada de las Brigadas Internacionales, en octubre de 1938, los dos hermanos Alexandru y Danila fueron evacuados tras abrirse la frontera francesa, donde, como describe triste el segundo, "nos recibieron para ser encerrados en un campo de concentración".

El tercero de los hermanos, Iosif, permanecería en España hasta la derrota final, como muchos otros brigadistas internacionales que se negaron a dejar de luchar contra el fascismo, encuadrándose en el Ejército Republicano. Finalmente, terminó, como sus hermanos, en los campos de concentración que la "democracia" francesa había preparado para los antifascistas que habían luchado en España.

Les esperaba un largo camino para volver a casa. luchando en las filas de la resistencia francesa antifascista, como sucediera con el resto de los brigadistas rumanos que sobrevivieron a la Guerra Civil en España: seguir luchando contra los nazis y los colaboracionistas en Francia o en las filas del Ejército Rojo hasta la liberación de Rumania y la derrota final del fascismo en 1945.

Los datos sobre los hermanos Minor se han extraido del libro "Voluntari romani in Spania" (Voluntarios rumanos en España), editado en Bucarest por el Instituto de Estudios Históricos y Sociopolíticos del Comité Central del Partido Comunista de Rumania, en 1971.

lunes, 17 de octubre de 2016

"Una victoria": un cuento de Istvan Nagy sobre la emulación socialista

István Nagy nació en febrero de 1904, en la localidad de Cluj,  entonces capital de la Transilvania del Imperio Austrohúngaro. Su lengua materna, pués, es el húngaro. Su familia vivía en condiciones miserables, como la mayoría de los trabajadores de esa época en todo el mundo. Su padre moriría en la guerra interimperialista de 1914, la Primera Guerra Mundial.

Quedando huérfano de padre a los 10 años, Nagy empezó muy pronto a trabajar como carpintero, viviendo en sus propias carnes las precarias condiciones del proletariado de la época interbélica. Después trabajaría también en los astilleros del Danubio, en Galati y Braila. 

Ya desde el año 1919 es activo en el movimiento obrero, formando parte del Partido Socialdemócrata y, después, en 1931, del Partido Comunista de Rumanía. Dentro de sus filas, llevó a cabo una intensa actividad clandestina, siendo arrestado en varias ocasiones..

Tras la toma del poder por la clase trabajadora rumana, Istvan Nagy se puso al frente de los escritores magiares de Rumanía, militando por la creación de un frente unido de escritores en torno al partido, para fomentar y crear literatura socialista. En sus obras se convierte en un ferviente defensor de la fraternidad entre las diferentes nacionalidades de Rumania, y de la lucha contra el nacionalismo y el racismo.

Entre 1950-53 fue rector de la Universidad Bolyai de Cluj (de enseñanza en lengua húngara). Además de su labor de escritor, sigue desarrollando su actividad política, tanto a través de la literatura como formando parte de la Gran Asamblea Nacional. Moriría el 24 de abril de 1977, en su ciudad natal.

Uno de sus textos más conocidos es el titulado "Una victoria", que fue incluído por Miguel Angel Asturias tras su visita a Rumania como parte de su  Antología de la prosa rumana, publicado a finales de los sesenta. En el cuento Nagy trata el tema de la emulación socialista, a la que Lenin daba tanta importancia, porque, según sus palabras, "Hay que deshacer a toda costa el viejo prejuicio absurdo, salvaje, infame y odioso, según el cual solo las llamadas «clases superiores», solo los ricos o los que han pasado por la escuela de los ricos, pueden administrar el Estado, dirigir, en el terreno de la organización, la construcción de la sociedad socialista".

Como también exponía Lenin, en su artículo "¿Cómo debe organizarse la emulación?", la prensa burguesa nunca cejó de atacar a la economia socialista, y también lo hizo con lo que se llamó emulación socialista, base de la toma de control de la clase obrera de la gestión de las fábricas y del propio estado. A veces, la propaganda capitalista la describía como la imposición de la dictadura comunista a los trabajadores, obligados a competir por la cruel tiranía roja, y otras se hablaba, por el contrario, de que los obreros soviéticos no tenían el menos interés de esforzarse en producir más.

Sin embargo, como explicó bien Lenin, "Lejos de apagar la emulación, el socialismo, por el contrario, crea por vez primera, la posibilidad de aplicarla en escala verdaderamente amplia, verdaderamente masiva , crea la posibilidad de hacer realmente que la mayoría de los trabajadores entren en la liza de una actividad que les permita manifestarse en todo su valor, desarrollar sus capacidades, revelar los talentos que en el pueblo forman un manantial inagotable y que el capitalismo pisoteaba, oprimía y ahogaba por miles y millones", y termina afirmando que, "nuestra tarea, hoy con un Gobierno socialista en el poder, es organizar la emulación".

Esas palabras fueron escritas por Lenin justo después del triunfo de la Revolución, de la toma del poder por el pueblo trabajador, lo que señala la importancia que tiene el control obrero de la producción, la participación activa de este en todo el proceso.

"¡Obreros y campesinos, trabajadores y explotados! ¡La tierra, los bancos y las fábricas son propiedad de todo el pueblo! Empezad a llevar vosotros mismos la contabilidad y el control de la producción y distribución de los productos; ¡ese es el único camino hacia la victoria del socialismo, la garantía de su victoria, la garantía de la victoria sobre toda explotación, sombre toda miseria y necesidad! Porque en Rusia bastara trigo, hierro, madera, lana, algodón y lino suficientes para todos, con tal de que se distribuyan bien el trabajo y los productos, con tal de que se establezca un control de todo el pueblo, un control eficaz y practico de esta distribución; con tal de que se venza, no solo en la política, sino también en la vida económica de todos los días, a los enemigos del pueblo: a los ricos y a sus paniaguados y luego a los pillos, parásitos y maleantes".

Organizar la emulación socialista es la forma de que el obrero pueda prescindir totalmente de pillos y de patronos, los dos principales enemigos del socialismo.

En el cuento de Istvan Nagy que presentamos se describe esta lucha, ese esfuerzo de los obreros, en este caso rumanos, para superarse a sí mismos con el fin de mejorar la vida de todos. Por supuesto, la transición no fue fácil, y algunos obreros tampoco entendían esa emulación, algunas veces asimilada como competencia individual, similar a la de los regímenes dominados por la burguesía, donde el obrero esta excluido totalmente de todo control.

Al contrario, como deja entrever Nagy, la verdadera emulación socialista consiste en la competencia contra uno mismo, jamás contra el camarada, en la lucha desde lo personal por el éxito colectivo. Pensar en esa emulación como una competición individual es producto tanto de la propaganda burguesa llegada desde fuera de los países socialistas como de los restos de la burguesía que quedaban por erradicarse durante la construcción del socialismo (mantenida en la cultura, en la ideología y visión del mundo de muchos burgueses e, incluso obreros, o en la concepción del derecho) y por eso ya sentenciaba Marx, en la carta que escribió en 1852 a J. Weydemeyer, que: "En cuanto a mí, no me cabe el mérito de haber descubierto ni la existencia de las clases en la sociedad moderna ni su lucha entre sí. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto el desarrollo histórico de esta lucha de las clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo nuevo que yo he aportado ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; 3) que esta dictadura no constituye de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases".

Esa dictadura del proletariado es necesaria para acabar, limpiar, desmontar todos esos restos de la burguesía que no pueden eliminarse automáticamente, y supone un proceso duro, contradictorio y largo, pues, como también explicó Lenin, "La burguesía tiene sus razones para hacer tentativas de restauración, porque después de su derrocamiento sigue siendo, durante mucho tiempo todavía, más fuerte que el proletariado que la derrocó (...) La pequeña producción engendra capitalismo y burguesía constantemente, cada día, cada hora, de modo espontáneo y en masa. Esto ocurre también con una parte de la clase obrera y una parte de los miembros del Partido. Tanto entre los proletarios como entre los funcionarios de los organismos oficiales hay quienes incurren en el estilo de vida burgués" (citado por Stalin, en Cuestiones de Leninismo, IV, La dictadura del proletariado)

De ahí la necesidad de la emulación socialista, para hacer participe a los trabajadores de su importancia tanto en la fábrica, como en el campo, como en las decisiones políticas; de ahí la necesidad de la alerta revolucionaria constante, tal y como entendió a la perfección Mao Tse Tung al poner en marcha la Revolución Cultural y al buscar continuamente cómo llevar a la practica una dictadura del proletoriado más eficaz después del triunfo de los restos de la burguesía, convertida en élite del partido, en la Unión Soviética y su triunfo, como si se tratara de piezas de dominó, en casi todo el campo socialista (menos China, Albania y Corea). En definitiva, para terminar con palabras de Lenin en su llamado a la emulación socialista,

"Esta es una verdad que los obreros y los campesinos han de tener muy presente. Deben comprender que hoy todo radica en la práctica, que ha llegado precisamente el momento histórico en que la teoría se trasforma en práctica, se vivifica por la práctica, se corrige por la práctica, se comprueba por la práctica, y en que son particularmente exactas las palabras de Marx de que «cada paso de movimiento real vale más que una docena de programas»; toda acción que tiende prácticamente a parar los pies de un modo efectivo a los ricos y a los pillos, a limitar sus posibilidades, a someterlos a una contabilidad y a un control rigurosos, vale mucho más que una docena de admirables disertaciones sobre el socialismo, porque «la teoría es gris amigo mío, pero el árbol de la vida es eternamente verde» (Palabras de Mefistófeles, en Fausto de J. W. Goethe)

Hay que organizar la emulación entre los organizadores prácticos obreros y campesinos. Hay que combatir toda tendencia a crear formas estereotipadas y a establecer la uniformidad desde arriba, a lo que son tan aficionados los intelectuales. Las formas estereotipadas y la uniformidad establecida desde arriba no tienen nada que ver con el centralismo democrático y socialista. La unidad en los problemas fundamentales, cardinales, esenciales, lejos de verse perjudicada, está asegurada por la variedad en los detalles, en las particularidades locales, en las formas de abordar la práctica, en los modos de aplicación del control, en los métodos de exterminar a los parásitos (los ricos y los pillos, lo haraganes y los intelectuales histéricos, etc., etc.) y de hacerlos inofensivos".

***


Istvan Nagy, Una victoria

Entremos allí.

Al llegar, una tromba de polvo resinoso, amarillento, de sabor amargo nos envuelve, como si estuviéramos en un molino. Telas de arañas grises cuelgan del techo. Todo parece envejecido, gris. Desde los basamentos de las máquinas pintadas de negro, hasta los rayos del sol que se filtran por los vidrios de las ventanas con rejas. Un polvo blancuzco enharina a los obreros inclinados sobre sus máquinas, pero no son molineros, son carpinteros, y no es grano lo que ellos desmenuzan, sino madera con la que alimentan sus máquinas. Ellas devoran cada día el equivalente de una pequeña floresta de pinares y suministran las tablas que, bien trabajadas, se transformarán en marcos de ventanas, de puertas, que sólo tendrán que ser ajustadas y encoladas en los talleres vecinos.


El contramaestre Mihaylks, el abuelo Mihaylks, como lo llaman familiarmente, es el guardián y el protector titular de las máquinas, la nodriza, le dicen los obreros. Se le ve ir de una a otra, aguzando el oído para controlar los ruidos cambiantes. Conoce el significado de la menor variación en cada motor y percibe en seguida cuál está siendo forzado. Es el responsable de nueve máquinas. Piensa en ellas aun de noche, temiendo sin cesar que pueda sucederles algo. Conoce el punto débil de cada motor. El resorte que debe ser reemplazado, la correa de transmisión que hay que componer o acortar.

Defiende sus máquinas y sería capaz de pelear por ellas. Podría llegar al crimen por una garlopa mellada.

Aparte de sus máquinas, el abuelo Mihaylks es un hombre bonachón. En las reuniones apenas si se oye su voz. En su casa nunca regaña a sus hijos y nunca los castiga. Pero en lo que toca a sus máquinas es implacable. No tolera que las maltraten. Quisiera ver salir de las garlopas mecánicas tablas tan lisas que ya no necesitaran pulimiento, que de inmediato pudieran ser pintadas y barnizadas. Cuánta economía de tiempo y papel esmerilado, a condición, desde luego, que el abuelo Mihaylks realizara su sueño.

¿Pero qué sucede con esas desdichadas tablas? Basta que un cribador o un aserrador descuidado, llegado de afuera, ponga sus zapatos llenos de arena sobre alguna de ellas, para que ya en la máquina la madera melle la cuchilla. Sin contar con los entorpecimientos causados por la guerra. Hace cuatro años que terminó en esa región, pero aún hoy se sienten sus consecuencias. Cuando se empieza a cepillar o aserrar una pieza de madera sin defecto aparente, de pronto el acero del cepillo lanza una chispa, o la hoja de la cuchilla se rompe, debido a una astilla de granada o un pedacito de plomo incrustado en la madera: esos bárbaros hitlerianos cribaban de balas los árboles durante su retirada.

Mihaylks previene constantemente a los aserradores:

—¡Ojo, ojo, Peter Kese... cuidado con las balas!

Hace las mismas recomendaciones a los manipuladores, pero éstos no son cuidadosos, además no tienen tiempo de examinar y de sacudir bien la madera destinada a las máquinas, dado que los aserradores, Peter Kese sobre todo, trabajan a un ritmo cada vez más endiablado y apenas si los manipuladores pueden seguirlos.

Pero, además, ¿por qué tanta prisa? De todos modos nunca alcanzarán a vencer al equipo de Dezso Balint. Desde que ese Balint, con su aire tranquilo, imaginó ese aparato de dibujo, su equipo está a la cabeza de todas las emulaciones. Construyó un tablero, una especie de mesa provista de un bastidor móvil alrededor de un eje, y en ese bastidor fijó doce cuchillas de acero. Basta un simple movimiento de brazo para que el instrumento marque de una sola vez, sobre el marco de la ventana, el lugar de dos muescas y dos espigas. Antes había que dibujar esas marcas con lápiz, de tal modo que la nueva invención permite ganar mucho tiempo, sin contar la economía de lápiz, a lo que se agrega que el trabajo es mucho más preciso. El obrero que antes tenía que hacer este trabajo, ahora se puede emplear en la perforadora número 2.

Desde entonces el banderín rojo de los ganadores en la campaña de emulación socialista flota encima de la cabeza de Balint. Fijado sobre un travesaño, luce en medio de un torbellino de polvo, o mejor dicho luciría, porque el polvo de las aserradoras lo ha recubierto. Hora tras hora se va poniendo blanco, pero Balint lo sacude también hora tras hora, y lo limpia del aserrín que se va depositado encima, y de nuevo el banderín rojo flamea a los ojos de los obreros, que cortan los troncos y transportan la madera aserrada en tablas. Es a la vez una advertencia estimulante, que les recuerda que están en la cola de la competencia. En verdad, los equipos que trabajan en las perforadoras, en las escopladoras y en los "chassis" han sido citados en los diarios como sobresalientes en el trabajo por pieza. Y su paga se ha acrecido. Dezso Balint tuvo también una prima importante e invitó a todo su equipo a festejar el acontecimiento. Desde entonces se ha moderado un poco el tren de producción, porque llegan fácilmente a utilizar toda la cantidad de material que le está asignado, mientras que el grupo de los aserradores y los obreros auxiliares se desloman tratando de alcanzarlos. Aunque el trabajo está juiciosamente repartido, no consiguen inventar algo que les permita mejorar su rendimiento. Para hacerlos rabiar, Egyed Joska tiene el maligno placer de cantarles de tanto en tanto:

—Qué quieren hacerle, muchachos, para eso se necesita seso, y eso es lo que les falta.

Cuando lo oyen, los aserradores se ponen furiosos. ¡Pobre Peter Kese! Antes de la invención de Balint pasaba por ser el mejor obrero del taller. Conocía su oficio y ahora tiene que soportar tal afrenta. "Esperen, ya van a ver...", dice, y se le ven temblar los músculos de su cara flaca y angulosa, pero no agrega una palabra más. Sus compañeros hacen lo mismo que él y se apresuran uno tras otro en una persecución silenciosa. Quisieran poder sepultar el tablero de Balint bajo un montón de tablas y de planchas. Hacen, en su trabajo, todo lo que es humanamente posible. El primer hombre del equipo viene a la carrera hacia la aserradora circular, con un largo madero sobre la espalda, como una minúscula hormiga llevando un fósforo. Con un gesto preciso, el segundo hombre, Peter Kese, toma el madero por un extremo y lo corta en seis trozos de igual longitud, que caen con un ruido sordo sobre el piso de hormigón. El hombrecito que los transporta arriesga a cada instante la mano entre las pedazos que caen. Pero ese hombre pequeñito, que para tener aire más viril se ha dejado crecer un bigote de gato, es rápido como un hurón y sin desfallecer un instante recoge los tacos al vuelo y los lleva a la carrera a la segunda aserradora, máquina que los corta a lo largo. El que maneja la segunda aserradora, está hundido en el aserrín hasta media pierna. Su gorra, sus espaldas, sus cejas enmarañadas, todo está cubierto de una espesa capa de polvo. Éste es el que da más trabajo al abuelo Mihaylks: masacra, destroza literalmente las sierras. El disco de la sierra que la velocidad hace casi invisible se detiene frecuentemente, y cada vez la correa resinosa patina sobre el eje humeante. Un quinto hombre transporta las tablas a la devastadora de Borza Janos y regresa apresuradamente a la sierra. El aserrín llena sus zapatos. Le penetra por boca y narices. Estornuda violentamente, pero no tiene tiempo de sonarse. Las dos primeras máquinas vomitan sobre él sus piezas de madera. La tercera empuja las suyas, y el montón sube sin cesar. Y Peter Kese le grita:

—¡Mueve tus piernas, hermano! Dentro de poco no se te va a ver, bajo el montón de material.

Un vozarrón resuena en el amplio espacio del taller. Los hombres de Balint guiñan el ojo. Ellos no necesitan apurarse ni que los apuren. Entre ellos todo marcha como sobre ruedas. Su tarea es tanto más fácil cuanto que no están enceguecidos por el aserrín y la viruta, como el recogedor de la cepilladora. Este pobre hombre inútilmente se baja la visera de la gorra sobre los ojos y se abotona la camisa hasta el mentón. Las pequeñas astillas de la madera, mezcladas al polvo, se introducen por el cuello cerrado, se le deslizan por el pecho, se le acumulan en la cintura y le carcomen la piel como una sarna. Y le llegan algunas veces hasta la boca.


Los cilindros de la cepilladora lanzan sin cesar tablas de igual espesor. Si no se sacaran a tiempo de la pila que forman, ésta se desmoronaría sobre las piezas que van saliendo. La máquina se detendría. El motor se pondría a golpear y en seguida el abuelo Mihaylks correría blasfemando hasta perforar los tímpanos.

—¿Qué hacen, asesinos? ¡No tienen piedad de esa pobre máquina! ¡Creen que ella no siente! Si arruinan ese motor, los mato.

Gritaba mucho menos en otro tiempo. Ellos tampoco se preocupaban cuando las máquinas se paraban. A veces las descomponían ellos mismos, para poder descansar un cuartito de hora, que aprovechaban para fumar un cigarrillo en los watter, mientras el mecánico, echando maldiciones, tenía que aceitar los cojinetes recalentados.Después de todo sólo recuperaban un poco de la plusvalía que la casa Binder e hijos les trampeaba.


Hoy, al entrar a la sala de máquinas, la mirada es atraída por un aviso en grandes letras: "Participamos en la EMULACIÓN SOCIALISTA".

Los recogedores corrían de una máquina a otra. Cuando una esquirla se incrustaba en la palma de su mano, no se entretenían como antes en sacarla despaciosamente con la punta de su cortaplumas. A menos que la esquirla hubiera penetrado en la carne viva, ellos esperaban la pausa de mediodía o bien de la noche, soportando pacientemente el dolor. No tenían tiempo. Estaban empeñados en ese concurso y todos sabían lo que eso quería decir. Peter Kese les había ya explicado bien de qué se trataba.

Peter Kese pasó sus vacaciones en Sovata, y lo que cuenta de Sovata y los alrededores es increíble. Allí el pueblo laborioso se baña en el lago. No como en el tiempo de los señores, en que sólo las mujeres de los fabricantes y otros haraganes de la misma especie se zambullían. Las cuatro semanas que Kese pasó en Sovata fue un encantamiento que sobrepasa todo lo que se pueda imaginar. Es una antesala del mañana, explica Peter Kese, regocijándose.

Pero Samor Borza se complace en molestarlo. Quién sabe si el año que viene Balint no te desaloje también del lago de Sovata...

—A mí, jamás..., exclama Kese, y una oleada de sangre colorea su cara pálida.

Mientras habla, ha empujado un madero bajo la cuchilla con tal violencia que el abuelo Mihaylks viene a toda carrera con los brazos al cielo.

—¡No vayas a estropear tu máquina, Peter! Si la correa se rompe es una catástrofe. ¡Qué gente, Dios mío, qué gente!

La competencia dura ya dos semanas, sin que el equipe de Kese hubiera conseguido sobrepasar al equipo de Balint, hecho invencible por el famoso aparato de dibujar. Sólo una innovación permitiría superarlo, ¿pero cuál? Esa idea obsesiona a Peter Kese de día y de noche, pero inútilmente inspecciona con la mirada ansiosa el taller y las máquinas. Nada se le ocurre. Lee en las caras extenuadas de sus compañeros, y calcula por su propia fatiga, que no podrán seguir mucho tiempo en ese ritmo. Tampoco las máquinas resistirían. Y sin embargo Peter Kese se obstina en querer tentar lo imposible.

Cuando se acerca el mediodía, Denes Kiss, el hombrecito de bigotes de gato, corre con su carga de madera sobre la espalda, y de pronto se lleva la manos a los ojos titubeando como, un borracho:

—¡Socorro!, compañero Borza. ¡Tengo algo en el ojo, no veo nada!

—Ahora sí que la competencia está perdida, gruñe Borza, dejando su máquina.

Lleva a Kiss cerca de una ventana, se limpia bien las manos, saca un pañuelo, lo sacude, retuerce una punta y empieza a explorar el ojo de Kiss, éste parpadea y las lágrimas corren por sus mejillas, dejando huellas en el polvo que las cubre.

—Y bien, ¿qué hacen allí?, dice con impaciencia Feri Beke, que espera frente a su cepilladora.

Tiene las sienes blancas, aun cuando está limpio, pero lo siguen llamando Feri, y el abuelo Mihaylks lo llama "Mi pequeño Feri". Volviéndose a los dos hombres chilla:

—No tengo nada que echarle a mi máquina, Janos. Con una mano empuña encolerizado la manivela y con la otra desembriaga el motor. Y se va a trabajar a la desgastadora.

Arrancándose del montón de desechos de madera, su ayudante aprovecha para tomar aliento. Se sacude el aserrín acumulado en su cintura y, juntando un montón de viruta, se deja caer encima.

Por el momento no hay nada que hacer. El trabajo está organizado en tal forma que si uno de ellos se para, todas las máquinas se inmovilizan. Borza empleó más de un cuarto de hora para extraer del ojo de Kiss una minúscula astilla de madera. Mientras tanto el equipo de Balint tuvo también que detenerse por falta de material, mientras que los maderos se amontonaban cerca de la sierra de Kese, quien a su vez se vio obligado a parar su máquina hasta que llegaran a sacar la madera aserrada que lo estorbaba. Maldecía y juraba. Cuántas veces él había reclamado al sindicato la necesidad de proporcionarles anteojos protectores a los obreros. Volvería a dirigirse a la directiva sindical, y si era necesario a la regional del partido para que se tomaran las medidas indispensables. ¿Cómo podría llamarse a eso una emulación socialista? 

Sus refunfuños se perdían en el ruido de las máquinas que retomaron su ritmo. Hasta tarde en la noche, en que se logró recuperar el retardo provocado por el accidente.

Al día
 siguiente, los hombres de Kese, descansados y más decididos aún, retomaron el trabajo con la esperanza de poder ganarle el primer lugar al equipo de Balint. Al cabo de una media hora tres cepilladoras tuvieron sus cuchillas dañadas por esquirlas de piedras traidoramente incrustadas en la madera. Borza hubiera querido seguir, pero el abuelo Mihaylks detuvo el motor.

—¿Hubieras tenido el coraje de trabajar con una cuchilla mellada? ¿A ti no te importa que los "chassis" salgan de nuestras manos con dos burletes gruesos como dos morcillas? No, no, muchachos, no sólo ustedes cuentan. También yo tomo parte en la emulación. Y recordando lo que había oído en las sesiones, agregó con tono sentencioso: ¡Ustedes jamás piensan en la calidad, compañeros!

Se empleó una media hora en reemplazar las cuchillas deterioradas, y durante ese tiempo nuevamente se detuvo todo el taller. Se engrasaban los cojinetes aunque no hubiera necesidad. Joska Egied aprovechó este respiro para reclamar a los aserradores por su falta de cuidado en el control y cepillado de las tablas.

Peter Kese se mordía los labios. Sabía bien que era a él a quien se dirigían esos reclamos, pero si se hubieran puesto a buscar granos de arena con una lupa, esto haría que perdiera más terreno su equipo frente al de Balint, lo que le alejaría la posibilidad de poder reconquistar el ansiado banderín. Tenía que conquistarlo aunque fuera a costa de su vida. Si no lo lograba esta semana, lo que ya parecía imposible, la semana siguiente tendría que inventar algo a cualquier precio.

Durante la pausa de mediodía, observó con inquietud que los hombres de Balint concertaban algo en voz baja. Quizás preparan alguna otra innovación, se dijo. Así lo hicieron cuando el invento del aparato de dibujar. Sin duda, Balint está imaginando una nueva innovación.

Encaramados sobre los troncos, el equipo de Balint estaba reunido a su alrededor. Sin duda hablaba de una innovación a sus hombres, mientras comía como siempre tomates o pepinos, pues era vegetariano. Pero esta vez la innovación que imaginaba Balint iba destinada a las aserradoras. Balint había visto la víspera una película soviética en la que el carbón de las minas era transportado con la ayuda de un especie de transportador móvil. Esa idea, ¿por qué no iba a ser aplicable a sus máquinas? Habría que instalar un deslizador delante de las aserradoras. Las piezas de madera se encaminarían en esa forma, de la primera sierra circular a la primera cepilladora, sin ninguna operación manual, lo que permitiría liberar de una vez cuatro hombres. Uno de éstos podría entonces emplearse en la desvastadora, mientras que los otros limpiarían los troncos de la arena. En esta forma se evitaría mellar las sierras y por lo tanto no habría paros en el trabajo, ni las astillas de madera saltarían a los ojos de los trabajadores, provocando menos accidentes. De un golpe, el sueño del abuelo Mihaylks se encontraría realizado, pues ya no serían deterioradas, sus sierras.

—Su sueño, seguramente, retrucó Marton Hiedeg, un obrero largo como un día sin pan, que trabajaba en la escopladora. Pero no hay que olvidar, agregó, que con esa innovación el equipo de Kese tomará tal avance que pronto seremos sobrepasados y ni el mismo Dios podrá vencerlos. Y diciendo esto sus ojos se tornaron amenazantes.

—No hay que olvidar, tampoco, que la bandera de la emulación la perderíamos, adujo Karoly Sos.

—¿Para qué romperse la cabeza, compañero Balint?, exclamó con buen humor Joska Egyed, al que por la forma de su cara le llamaban "cabeza de tártaro". Si usted les construye ese deslizador, ellos nos van a llevar por delante, y ya tenemos bastante trabajo para mantenernos en el primer lugar con las perforadores.

—No se preocupen, yo inventaré alguna otra cosa para nuestro equipo, dijo Balint, en tono conciliador, mientras mordía una mitad de tomate, saboreado por él como el más delicioso pedazo de carne asada.

Lanzó en seguida una mirada de soslayo hacia el equipo de Peter Kese y exclamó:

—¡Pobres, miren en qué estado están! ¡No se les puede dejar así! Sin contar con que están muy atrás nuestro. Sí, ya tengo hecho el dibujo para ellos.

—Mejor sería comenzar por hacer uno para nosotros y después ocuparse de ellos, reclamó Egyed.

Balint lo miró irritado.

—Quieres discutir a todo precio, dijo Balint levantándose. Hay que pensar, además, que nosotros mismos nos hacemos daño si no los ayudamos.

Sin esperar más, se apeó del tronco donde estaba sentado y balanceando su pesado cuerpo se dirigió por entre los trozos de madera hacia donde estaban Peter Kese y sus compañeros. Sentados a la sombra sobre una gran pila, como si lo hubieran hecho adrede, todos comían salchichones cortándolos con sus navajas en gruesas rodajas.

Balint se detuvo frente a Kese y viéndolo comer así le aconsejó:

—Deberías agregarle un poco de cebolla a tu salchichón.

—Dejamos el forraje para los rumiantes, replicó Kese con aire de burla.

Balint, como todo vegetariano, estaba acostumbrado a estas bromas pesadas y no se disgustó. Luego, se puso a explicar tranquilamente el proyecto que había concebido. Era de una simplicidad que a cualquiera hubiera dejado estupefacto y, al enunciar la idea del deslizador, hizo que los aserradores abrieran enormes ojos y que se quedaron paralizados con los cuchillos en el aire, olvidándose de cortar o tragar el salchichón. El rostro pálido de Kese se enrojeció. Inmediatamente había comprendido las ventajas del proyecto, pero lo ahogaba la idea de que a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido aquella solución y se preguntaba si todos estaban, en verdad, desprovistos a tal punto de inteligencia y que sólo Balint era capaz de inventar cosas. Será nuevamente de él de quien hablarán los periódicos y una vez más será él el que embolsará la prima, un pobre diablo que no vive más que de tomates y pepinos, mientras que sus tres hijos comen carne todos los días. Lo mordía la envidia. Una luz alumbró sus ojos grises y a pesar de eso exclamó:

—Su innovación viene muy tarde, compañero Balint. Y como requiriendo la aprobación de los trabajadores de su equipo continuó: Hace mucho tiempo que nosotros habíamos pensado en un dispositivo igual, y justamente esta noche pensábamos hablar de ese asunto al director del taller y al abuelo Mihaylks.

Balint palideció. Escrutó las caras embadurnadas de polvo y aserrín. Ante su asombro y sus miradas confundidas, comprendió que Kese mentía descaradamente. Esperó un momento a que los obreros desaprobaran lo dicho por aquel impostor, porque la verdad, le repugnaba tener que ser él mismo quien defendiera su idea. No le gustaba discutir y menos cuando la discusión podía degenerar en una disputa seria. Tironeaba maquinalmente su blusón, pues la verdad es que no tenía condiciones de orador.

Si es así, dijo desalentado, me alegro que hayan tenido ustedes la misma idea. Después de todo no se trata de nada trascendental, sino de una simple deslizadora. Lo que urge es que ustedes pongan manos a la obra, y en lo que les pueda ayudar cuenten conmigo.

—Nosotros podemos arreglarnos solos, interrumpió Kese, con voz ronca, en la que se adivinaba una secreta aprehensión.

Balint ya no tuvo más qué decir, quedóse un instante indeciso y después se retiró sin prisa.

Los aserradores rodearon a Kese, mirándole con reproche.

—¿Fuiste tú en verdad quien tuvo primero esa idea?, le preguntaron.

Kese, que un momento antes estaba casi arrepentido de su audacia, se sintió picado en lo vivo por la desconfianza de sus compañeros y respondió con brusquedad:

—¿Y por qué no podía yo tenerla? ¡Vaya una cosa! Todos sabemos que es necesario cambiar nuestras máquinas, esta noche nos quedaremos trabajando y mañana tendremos los deslizadores instalados.

Janos Borza observó incrédulo:

—Si es así ¿por qué nunca nos habías hablado antes de esa idea? y diciendo esto terminó de limpiar el cuchillo para deslizarlo en su bolsa,

—Yo quería hablarles precisamente hoy..., respondió Kese, mirando hacia el equipo de Balint, donde discutían acaloradamente.

Balint había referido a sus compañeros la acogida que acababa de hacerle Kese, y ese era el motivo de la discusión entre ellos. Se negaban a creer que Kese fuera capaz de inventar algo y trataban a Balint de gallina mojada, reprochándole el que se hubiera dejado ganar la partida sin decir nada. Bien se ve que se alimenta de verduras, que tiene sangre de nabos en las venas.
Balint recibía los reproches sin contestar. Se decía a sí mismo que en su cabeza bullían muchas ideas y que por eso no debía alarmarse de que la gente le robara alguna y se vistiera de méritos con ella. ¿De qué le serviría a Kese haber hecho aquello? Balint meditaba en ese momento un gran proyecto, estaba imaginando una máquina universal para el trabajo de la madera, máquina que ejecutaría sucesivamente todas las operaciones: corte y cepillado de las tablas, perforaciones, montaje y pulido de los chassis. En su casa pasaba la mayor parte del tiempo dedicado al estudio y preparación de su proyecto y que llegara el día en que la industria del país estuviera más avanzada, para poder echar fuera todas las viejas máquinas. Ese día, él realizaría su plan. ¿Por qué ponerse a hacerle la guerra a Meter Kese? La única curiosidad era saber ¿cómo iba a realizar la deslizadora?

Kese buscó al abuelo Mihaylks para exponerle la idea y pedirle su ayuda. Él mismo no era un obrero calificado, además le faltaba experiencia en esa materia. El abuelo Mihaylks lo escuchó atentamente. Las puntas brillantes de cinco capuchones de lápices salían del bolsillo de su blusón como si ellos también escucharan. El mecánica que había en Mihaylks despertó y, lanzando la gorra al suelo, exclamó:

¡Qué idea feliz Peter, que gran idea! Vamos enseguida a ponerla en práctica. Déjeme hacer a mí. Lo esencial en todo esto es la idea, lo demás viene solo. En ese mismo momento se pusieron manos a la obra y trabajaron toda la noche. Kese no esperaba que Balint vinera a pasar la noche con ellos. Al principio éste se conformó con verlos trabajar, esperando que le pidieran consejo. Pero en seguida no pudo soportar y empezó a hacerles sugestiones a cuales más útiles. A la mañana siguiente todas las máquinas estaban ya conectadas con deslizadores y no formaban sino una sola cadena, una sola máquina. Los obreros quedaron disponibles, uno fue destinado para ayudar a Borza en la desvastadora, en tanto que otro, provisto de un cepillo metálico, se encargó de sacudir los granos de arena que ponen en peligro las sierras y de inspeccionar cuidadosamente cada pieza de madera a fin de ver que no tuvieran esquirlas de piedra. Sobre las deslizadoras la madera corría que daba gusto. Los obreros de los talleres vecinos vinieron a admirar la maravilla. El comité de la fábrica fue convocado para esa misma noche a una reunión, en la que iba a entregar a Kese el banderín de la emulación.

El abuelo Mihaylks no acababa de felicitar y estrujar la mano de Kese. Lo que más le halagaba, es que con aquella invención se había cumplido su sueño, que las tablas que salían de las máquinas fueran nítidas y pulidas como un espejo. Pero aparte del abuelo Mihaylks, ningún otro de los obreros del taller felicitó a Kese, ni siquiera los de su propio equipo. Las felicitaciones no le habrían dado satisfacción, dado que él tenía sobre su conciencia el peso de que la invención no era suya, tuvo el mismo sentimiento que cuando niño iba al examen de fin de año con los zapatos de tacones altos de su madre, para no llegar a la escuela descalzo frente a sus compañeros que iban todos bien calzados.

Su remordimiento e inquietudes aumentaron al ir llegando la noche. Se presentaron algunos reporteros para entrevistarlo y fotografiarlo; Kese se ocultaba tras de una pila de tablas y no se atrevía a mostrarse a los obreros que llegaban de otros talleres a ver su invento. El sudor bañaba su frente, cada vez más abundante y más frío. Sentía cólera contra Balint. ¿Por qué se dejó robar la idea, ese hombre? Y no se explicaba porqué, para colmar la medida, Balint había venido a darle una mano en la construcción de la deslizadora. ¿Lo haría por hacer méritos? ¿Por demostrar a los otros que él no es como todos, que para él lo importante era el triunfo y mejoramiento del taller, del país, y lo demás no contaba?

"¿Seré yo capaz de hacer otro tanto? Sería yo capaz de dejarle a Balint el lugar de preferencia?", se preguntaba, y se contestaba con cólera: "No, yo no sería capaz, por nada de este mundo".

Resueltamente salió de su escondite, apartó a los obreros que lo buscaban y se dirigió directamente al presidente del comité de la usina, que estaba reunido con los otros miembros. Se recoge las mangas del chaleco roído y le llama desde la puerta:

—Compañero Kadar, le dijo, quiero pedirle una cosa: que no pronuncie mi nombre en esta reunión, o bien, caso que lo pronunciara, que sea para decir que yo no soy más que un ladrón. Me marcho y no volverán ustedes a oír hablar de mí.

Sandor Kadar no podía crer lo que oía, al escuchar a Kese que, venciéndose a sí mismo, revelaba esta desagradable historia.

—A buena hora viene usted. Cómo vamos a salir de ésta, hemos anunciado su nombre en todas partes, y el comité regional ya está enterado.

—Si es así, hay que rectificar compañero Kadar, hay que rectificar aunque yo me rompa la cabeza, gritó Peter Kese.

—Eso no, alzó la voz a su turno Kadar. No dejaríamos que usted se rompiera la cabeza. Felizmente que usted rectificó a tiempo, déjeme ahora. Vamos a la reunión. Nos están esperando.

Y diciendo esto, Kadar salió con paso decidido. Montó sobre una pila de troncos y reunió con un gesto a los obreros que esperaban que se declarara abierta la reunión y después de un breve preámbulo, abordó él así el asunto.

—Compañeros, dijo levantando la voz, debo anunciar a ustedes que Peter Kese ha desmentido hace un momento la noticia según la cual era el el autor de la innovación en las aserradoras. Él simplemente ayudó a la realización. La idea inicial —y Kadar tendió el brazo hacia los obreros mudos de asombro— la idea fundamental pertenece a Dezso Balint. Pero el honor de esta nueva realización no le corresponde solo a él, sino a lodos los de la sala de máquinas. Cada uno se esforzó en la obra, unos atrajeron a otros y es así como la idea de Balint pudo dar sus frutos. En efecto, el principal mérito corresponde a nuestro Partido, que lucha porque nosotros podamos gozar de plena libertad en innovaciones como ésta.

Los aplausos entusiastas de los obreros cubrieron estas palabras. Kadar continuó hablando unos momentos, en tanto que en la cabeza de Peter Kese todo se confundía. Estaba allí con la cara inclinada, el aire sombrío, sin moverse de la entrada del taller, pues no se había dado cuenta que la reunión acababa de terminar.

Bruscamente salió de su postración al ver delante suyo a Balint que lo abrazaba calurosamente, en tanto sus compañeros de la sala de máquinas le tomaban las manos. Todos tenían las caras alegres, los ojos amigos y le dirigían palabras alentadoras. El más entusiasta era Joska Egyed. Apartando a los otros y tomando la mano de Kese gritó alegremente:

—¡Qué gran tipo Peter, lo que acabas de hacer vale tanto como la victoria del compañero Balint!

miércoles, 12 de octubre de 2016

Los amanereces son aquí más apacibles (una película-homenaje a la lucha de las mujeres soviéticas contra el fascismo)

La historia de esta película soviética nos sitúa en Karelia, en la frontera entre Finlandia y Rusia, en
Imagini pentru los amaneceres aqui son apacibles1941. En una diminuta aldea situada en la retaguardia de un tranquilo sector del frente, el Sargento Mayor Vaskov recibe el encargo de establecer una posición de batería antiaérea. Poco después, y ante la sorpresa de Vaskov, el mando de la zona le envía un pelotón de mujeres que serán las encargadas de servir los cañones antiaéreos. Pese a las reticencias iniciales del sargento, pronto la camaradería ira surgiendo entre el y sus subordinadas, cuyas historias personales se irán poniendo gradualmente de manifiesto. Un día, la idílica tranquilidad del frente se ve alterada cuando una de las mujeres descubre en el bosque la presencia de dos paracaidistas alemanes, lo que hará que Vaskov, junto con cinco de sus combatientes, salgan en su búsqueda.

Los amaneceres son aquí más apacibles supuso la adaptación cinematográfica del libro homónimo del escritor soviético Boris Vasiliev, autor de varias novelas bélicas inspiradas en los hechos acaecidos durante la guerra contra el invasor alemán. Tras su estreno, la película tuvo una buena acogida en la URSS e incluso llegó a ser nominada para el Oscar a la mejor película extranjera en la edición de 1973.

La obra de Vasíliev narra cómo un brigada y seis muchachas de la artillería antiaérea lograron detener a un grupo de saboteadores fascistas, y “está dedicada al heroísmo de la juventud soviética en los años de la Gran Guerra Patria”.

El libro y la película describen de forma muy humana la participación de las mujeres, de igual a igual, en la lucha por la defensa del socialismo, en paralelo a la integración de esta en la sociedad con lo mismos derechos que el hombre.

Los amaneceres son aqui más apacibles constituye una magnífica muestra del cine bélico soviético en lo que a calidad artística se refiere. Una película que conmemora la lucha de las heroínas soviéticas por la defensa del socialismo contra las tropas nazi-fascistas, mostrando mujeres de carne y hueso, que a pesar de la dureza de la guerra demuestran una gran humanidad.



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